Estar presentes no lo es todo, pero es un comienzo
“Ser cristiano”: es fácil decirlo y se oye a menudo. Pero ¿qué significa concretamente en la vida cotidiana, en el pensamiento, en la acción? De esto tratan los Servicios Divinos dominicales de febrero.
“Quien cree ser cristiano por asistir a la Iglesia, se equivoca. Al fin y al cabo, uno no se convierte en un auto por entrar en un garaje”. Inspirándose libremente en esta conocida frase, febrero de 2026 presenta una serie de temas que nos llevan al corazón de la fe. Se trata del seguimiento, de la actitud, de la fe vivida y de una esperanza que va más allá de la vida visible.
Llamados por gracia y con una misión
El primer domingo se centra en el llamado que Jesús a los primeros discípulos. Jesús se encuentra con Simón y Andrés en medio de su vida cotidiana. Pescadores en su trabajo, experimentados, ocupados. Y entonces el llamado: “Venid en pos de mí”. Sin discusiones, sin deliberaciones. Los dos dejan las redes. El seguimiento no comienza con un logro, sino con un llamado, y este llamado es por gracia.
Jesús no solo dice: “Seguidme”, sino también: “Haré que seáis pescadores de hombres”. Seguir a Jesús no es solo una mejora personal en lo espiritual, sino que también tiene siempre una orientación misionera. La fe en Jesucristo también es siempre un testimonio de Él. No significa convencer o persuadir, sino simplemente hacer visible lo que Jesús representa.
Un claro sí y un honesto no
El segundo domingo agudiza la mirada hacia la actitud interior. En el Sermón del Monte, Jesús aparece como legislador del reino de Dios. Exige veracidad. No hay zonas grises en lo fundamental, ni maniobras tácticas. Un sí claro sigue siendo un sí, un no sigue siendo un no. Y quien actúa así es creíble, sin necesidad de hacer juramentos.
Ser cristiano se manifiesta aquí como determinación. La palabra de Dios debe moldear el pensamiento y la acción. El sí se refiere a la voluntad de Dios, a los mandamientos, a la Confesión de fe. Al mismo tiempo, también forma parte de ello el no: al pecado, a la indiferencia frente a Dios y al prójimo. Ser discípulo no solo significa hacer algo, sino también dejar de hacer algo conscientemente.
La fe que se hace visible
El tercer domingo se centra en la relación entre la fe y las obras. La epístola de Santiago lo resume con sobriedad: una fe que no tiene consecuencias permanece vacía. Las buenas obras no son un medio de pago por la salvación. Esta no se puede ganar. Son la expresión de lo que vive en el interior.
Una fe sustentada por el amor no se queda en la teoría. Se manifiesta de forma concreta: en la dedicación a los necesitados, en la preocupación por los débiles, en las acciones de ayuda. Las obras hacen visible la fe. No de forma ruidosa ni espectacular, pero sí creíble.
Una esperanza que no excluye a nadie
El cuarto domingo prepara para el Servicio Divino en ayuda para los difuntos. La parábola de la oveja perdida abre la perspectiva: la voluntad salvífica de Dios se aplica a todos. Nadie está descartado. El pastor no abandona al rebaño, sino que va en busca de la oveja perdida.
El hecho de que se administren Sacramentos en el Servicio Divino en ayuda para los difuntos es una expresión de esta esperanza. Ni siquiera los muertos están fuera del amor de Dios. Esto es motivo de gozo y nos impulsa a la oración. Ser cristiano no termina en los límites de lo visible. Confía en que el amor de Dios va más allá.
Los Servicios Divinos dominicales de febrero no pretenden dibujar una imagen teórica ideal, sino mostrar posibilidades prácticas. Describen un camino: llamados por gracia, arraigados en la verdad, visibles en las acciones y sostenidos por una esperanza que abarca a todos. Ser cristiano no es una etiqueta. Es una actitud, renovada día a día.
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