A pesar de las pruebas, las tentaciones y el exilio espiritual, Dios permanece fiel. El Apóstol de Distrito Tshitshi Tshisekedi (República Democrática del Congo Sudeste) aconseja aferrarse a esta fidelidad.
“Fiel es Dios, por el cual fuisteis llamados a la comunión con su Hijo Jesucristo nuestro Señor” (1 Corintios 1:9).
Las pruebas pueden hacernos dudar tanto de la fidelidad de Dios que lleguemos a rechazarlo. Cuando Israel fue sacado de Egipto por la poderosa mano de Dios y llevado a la tierra prometida, experimentó la fidelidad de Dios. Lamentablemente, su fe en este Dios fiel se vio sacudida por el exilio.
Los israelitas estaban confundidos, no entendían lo que les estaba pasando y cuestionaban las promesas que Dios les había hecho. Cuando comenzó el exilio babilónico, Israel acababa de perder tres elementos esenciales de su fe: el templo, la realeza davídica y la tierra prometida. Podemos leer su pesar en Salmos 137, versículo 1: “Junto a los ríos de Babilonia, allí nos sentábamos, y aun llorábamos, acordándonos de Sion”. Los israelitas no dudaron en expresar su decepción llamando a Dios enemigo de Israel: “El Señor llegó a ser como enemigo, destruyó a Israel; destruyó todos sus palacios, derribó sus fortalezas…” (Lamentaciones 2, parte de 5). Como consecuencia del exilio, la fe en un Dios fiel dio paso a la duda y al rechazo.
Nuestras pruebas actuales también pueden llevarnos a un exilio espiritual, hasta el punto de dudar del obrar de Dios y de la fidelidad de su palabra. Debemos tener presente que lo que estamos pasando es solo una derrota aparente y no el fin en sí mismo. No hemos perdido nada de lo que es esencial para nuestra fe. La Iglesia, en la que actúa el apostolado, está aquí; en la Iglesia se anuncia el reino de los cielos; al recibir los Sacramentos y la palabra, somos llamados a entrar en la nueva creación.
Vistas a través del prisma de la fe, nuestras pruebas también podrían ser el camino por el que Dios manifiesta su poder. “Y me ha dicho: Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo” (2 Corintios 12:9).
¿Cómo y cuándo saldremos de estas pruebas? Solo Dios tiene la respuesta, pero mientras tanto, seguimos creyendo en su fidelidad. El medio por el que Dios puso fin al exilio babilónico superó la imaginación de los israelitas. Ciro, el rey de Persia, un extranjero, fue la herramienta en manos de Dios para liberar a su pueblo: “Que dice de Ciro: Es mi pastor, y cumplirá todo lo que yo quiero (…) Así dice Jehová a su ungido, a Ciro” (Isaías 44:28-45:1).
La fidelidad de Dios depende de la relación personal que cada uno tiene con Él. Aprovechemos el lema del año para decirle a Dios: “Creo en tu fidelidad”.