Sana a los enfermos, toca a los marginados y contradice a los piadosos. Pero al final dice: “¡Ayúdate a ti mismo!”. Por qué Jesús es precisamente por eso el verdadero Sanador.
Hay médicos que son auténticos expertos. Pero les falta humanidad. A veces se los llama “idiotas profesionales”. Y luego hay médicos que no solo se ocupan del cuerpo enfermo, sino de la persona en su totalidad. A ellos también se los puede llamar sanadores.
El modelo definitivo de este tipo de personas es Jesucristo. El Nuevo Testamento lo demuestra no solo con muchos relatos sobre sanaciones de enfermos. También se hace evidente en un episodio en el que Jesús se describe a sí mismo como médico.
Escándalo en la mesa
Las enfermedades generan distancia: hoy no hay abrazos cuando hay resfríos; las mascarillas en tiempos del coronavirus; la sala de aislamiento en el hospital. Y, de hecho, temían algo así como el contagio: esos fariseos que insultaban a Jesús porque se relacionaba con gente cuestionable y comía con ellos.
No solo que los santurrones y los hipócritas lo llamaban comilón y bebedor de vino, también lo veían como el compinche de estafadores y personajes sospechosos. Porque con quien se comía, con ese uno se aliaba.
Una lección para los piadosos
Pero Jesús tenía preparada su respuesta: “Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos”. Y luego les dio otra lección: “Id, pues, y aprended lo que significa: Misericordia quiero, y no sacrificio” (Mateo 9:12-13).
Esto requiere un poco de contexto:
- La imagen del médico proviene de Éxodo 15:26: “Yo soy Jehová tu sanador”, dice Dios al pueblo de Israel después de su salvación en el Mar Rojo. Él puede sanar a individuos y a pueblos enteros, enfermedades individuales y a personas enteras.
- “Id y aprended” era una fórmula típica con la que los maestros judíos señalaban a sus interlocutores que tenían ciertas carencias que subsanar. Jesús instruye a los guardianes de la religión.
- La cita se refiere a Oseas 6:6: “Porque misericordia quiero, y no sacrificio”. Y sacrificio alude aquí a los ejercicios religiosos obligatorios en general: Dios quiere amor vivido y no una exhibición piadosa.
Y así es como practica el médico Jesús.
Signos de una nueva realidad
“Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados, los sordos oyen, los muertos son resucitados, y a los pobres es anunciado el evangelio”. Así describe Jesús su obrar (Mateo 11:5). De este modo queda claro de qué se trata realmente: menos del bienestar natural que de la gloria venidera de Dios. Porque estas sanaciones son la señal que Isaías 61:1 profetiza para la llegada del Mesías.
Cristo se dirige al ser humano en su totalidad: sana el cuerpo, el alma y el espíritu. Libera del miedo, el aislamiento y la división. Perdona las culpas, los fracasos y las faltas. Renueva el corazón, el pensamiento y la dirección de la vida. Reconcilia con Dios, con el prójimo y con nosotros mismos. Perfecciona en la esperanza de la resurrección y la nueva creación.
La herida del Sanador
“Médico, cúrate a ti mismo”. Este refrán se volverá contra el propio Jesús. Él lo sabe desde el principio (Lucas 4:23). Y, de hecho, lo oye repetidamente mientras sufre en la cruz: de los soldados, de los espectadores, de los principales sacerdotes y escribas, incluso de uno de los crucificados junto a Él.
Pero lo que todos ellos no comprenden es que los dolores de Cristo no son los sufrimientos de un médico enfermo. Él mismo es la medicina para un mundo enfermo y una humanidad que sufre. El Salvador ofrece una sanación que lo sana todo: la salvación de la comunión eterna con Dios.
Foto: Simon Lehmann – PhotoGranary