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Jesús se arrodilla, ¿estamos nosotros dispuestos a hacerlo?

marzo 12, 2026

Autor: Simon Heiniger

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El lavado de pies muestra la profundidad del amor de Cristo. Él limpia, aunque sabe de la traición y la infidelidad. Y con ello establece un ejemplo para todos los que quieren seguirlo.

Jesús se arrodilla es una imagen que nos deja asombrados. El Hijo de Dios se inclina ante sus discípulos, pone agua en un lebrillo y comienza a lavarles los pies. Lo que relata Juan 13:5 es mucho más que una escena conmovedora al margen de los acontecimientos de la pasión. En este acto se condensa la naturaleza de Jesucristo: su amor, su humildad y su entrega.

El servicio no espera a que se den las condiciones ideales

Es notable la convicción con la que actúa Jesús. Sabe que ha llegado su hora. Sabe que Él ha venido de Dios y que vuelve a Dios. Y también sabe de la traición que ya proyecta su sombra. Precisamente por eso, el lavado de pies no es un gesto casual ni un momento emotivo. Es un acto consciente de gran profundidad espiritual.

Jesús no sirve en una comunión ideal y libre de conflictos. Sirve en medio de la culpa, los pensamientos oscuros y la infidelidad inminente. Se arrodilla ante personas que realmente no lo comprenden, que pronto lo abandonarán, y también ante alguien que lo traicionará. Y Él lo sabe.

Precisamente en eso brilla aún más su amor. El lavado de pies es un signo de la humillación del Hijo de Dios. El Señor no se coloca por encima de las personas, sino por debajo de ellas. No elige el lugar de honor, sino el lugar del servidor. El amor divino no considera necesaria la distancia, sino que se inclina hacia las personas, incluso allí donde la debilidad, el fracaso y la culpa ya son visibles.

Cuando la humildad perturba

Este es el primer gran mensaje de esta escena: Jesús purifica. El lavado de pies no es solo una expresión de modestia, sino también una referencia a lo que Cristo hace por el ser humano. Él ve lo que pesa, lo que separa, lo que contamina, y se dirige al ser humano precisamente en eso. No es el ser humano quien se purifica a sí mismo, sino Cristo quien purifica.

La reacción de Pedro muestra lo escandalosa que es esta humildad. Su resistencia deja claro que no solo es difícil servir, sino también dejarse servir por Cristo. Que el Señor se arrodille ante él supera su comprensión. Pero precisamente allí radica un punto espiritual decisivo del relato. Quien quiera tener comunión con Cristo debe dejarse obsequiar, purificar y servir por Él. El ser humano no vive por su propia dignidad, sino por la gracia del Señor.

En ello reside el consuelo hasta el día de hoy. Jesús no espera a que el ser humano se ponga en orden. Se le adelanta. Él sirve primero. Él purifica primero. Él ofrece comunión primero. Todo comienza con su amor.

Un ejemplo para los suyos

Pero el lavado de pies no se limita a lo que hace Jesús. Él actúa sobre ellos y los llama a la responsabilidad, y con ello también a todos los futuros seguidores de Jesús. Porque, por un lado, el Señor actúa sobre ellos; por otro lado, después dice expresamente: Ejemplo os he dado. Lo que habéis recibido, debéis transmitirlo. Lo que Cristo ha hecho con ellos debe marcar su convivencia.

De este modo, el lavado de pies se convierte en la norma para la comunión cristiana. La comunidad necesita orden y responsabilidades claras. Sin embargo, no vive de la jerarquía, sino del amor que sirve. Quien se ha dejado servir por Cristo arrodillado, no puede querer estar por encima de los demás.

Por eso Juan 13:17 es tan contundente. Jesús deja claro: ahora sabéis estas cosas, las habéis experimentado vosotros mismos. Si actuáis en consecuencia, no solo seréis felices, sino también bienaventurados: vuestra vida será confirmada y colmada por Dios. El conocimiento por sí solo no basta. El saber sobre la humildad no sustituye a la humildad. Hablar de amor aún no es amor. Lo decisivo es el hacer.

Bienaventurados si lo  hiciereis

Aquí surge inevitablemente la pregunta: Jesús se arrodilla, ¿estamos nosotros también dispuestos a hacerlo?

Dispuestos a renunciar a nuestra propia primacía. Dispuestos a tratar al otro con amor. Dispuestos a inclinarnos interiormente donde preferiríamos permanecer de pie. Dispuestos a realizar también los servicios insignificantes que nadie aplaude.

Servir no significa perder dignidad. Al contrario, en Jesús se hace evidente que la verdadera grandeza no se manifiesta en la insistencia en el rango, sino en la libertad de inclinarse por amor. Quien deposita su propia corona ante Dios no pierde valor, sino que adquiere una actitud que renuncia conscientemente a la superioridad para que el amor sea posible.

Precisamente en esto se hace visible algo de la naturaleza de Cristo. Donde las personas no quieren dominar, sino ayudar, crece la comunión. Donde no cuenta la propia reputación, sino el amor al prójimo, el Evangelio se hace concreto. Y donde uno está dispuesto a inclinarse para que el otro se levante, brilla algo de Jesús mismo.

Así, el lavado de pies es más que un recuerdo. Es un espejo y una medida. Muestra cómo es Cristo y cómo deben ser los suyos. El alto se humilla. El puro limpia. El maestro sirve. Y sus discípulos están llamados no solo a saberlo, sino a hacerlo. El servicio cristiano no vive de la expectativa de agradecimiento o reconocimiento, sino de gratitud y amor. Un conocido lema de la diaconía lo resume así: “No sirvo por salario ni por agradecimiento, sino por gratitud y amor; ¡mi salario es poder hacerlo!”.


Foto: generada por IA

marzo 12, 2026

Autor: Simon Heiniger

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