El temor forma parte de la vida, pero la confianza en Dios nos da contención, aleja el miedo y nos da certeza. Dios está a nuestro lado, tanto en la tempestad como en la quietud, afirma el Apóstol de Distrito Michael Ehrich (Alemania del Sur).
El temor forma parte de la vida humana. A menudo tiene una función protectora, ya que nos mantiene alertas ante el peligro para enfrentarnos a una amenaza o escapar de ella. Sin embargo, cuando Dios les dice a los seres humanos: “¡No temáis!”, se requiere que ellos tengan confianza en Dios.
La confianza en las personas o en la ciencia y la tecnología puede ser engañosa. Si colocamos nuestra confianza en Dios, esto adquiere una dimensión completamente diferente: confiamos en el Todopoderoso, que lo tiene todo en sus manos, cuyo amor es ilimitado, y cuya bondad y desvelo experimentamos reiteradamente como sus hijos. Podemos encomendarnos a Él en todo con confianza. Esto significa que la confianza en Dios puede disminuir el temor.
Sin embargo, incluso quien cree y confía no estará libre de temor en una situación amenazante. Los discípulos de Jesús, por ejemplo, cuando se vieron envueltos en una fuerte tempestad en el mar de Galilea, sintieron un gran temor, aunque el Señor se encontraba –durmiendo– con ellos en la barca. Lo decisivo fue que se dirigieron a Él. Él obró un milagro y calmó la tempestad (Mateo 8:23 y siguientes). Así, el volvernos con confianza hacia Dios nos da la garantía de que no nos deja solos en la situación, sino que está con nosotros.
Cuando Dios nos exhorta expresamente: “¡No temas!”, se une a ello la seguridad de su apoyo y, a menudo, una promesa. Se destaca la promesa divina a los israelitas cuando vivían lejos de su patria, en el exilio en Babilonia. En su difícil situación, Dios les aseguró, a través del profeta Isaías, su apoyo, fortaleza y ayuda: “No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios que te esfuerzo; siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia” (Isaías 41:10). Esta promesa debía aceptarse con confianza.
Esto puede ser un ejemplo para nosotros. Como hijos de Dios, estamos en tierra extraña y llevamos la patria celestial en el corazón. Hasta que lleguemos allí, será válida la promesa del Jesucristo resucitado: “… yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mateo 28:20). En Él estamos a salvo. Además, estamos integrados en la comunión con los hermanos y hermanas.
Isaías hizo entonces a los israelitas, en nombre de Dios, una promesa de salvación. La salida de Babilonia superaría a la salida de Egipto: Dios crearía una nueva historia de la salvación. Somos los destinatarios de la inquebrantable promesa de salvación que hizo Jesucristo: “Vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis” (Juan 14:3). Nuestra “salida de la tierra extraña” superará todo lo que ha existido hasta ahora.
Foto: NAK Süddeutschland