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En foco 08/2026: El valor de mostrarse vulnerable

abril 28, 2026

Autor: John Schnabel

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El que siente miedo y vergüenza tiende a esconderse. Pero Dios nos llama a volver a la vida. Quien lo escucha, experimenta su desvelo, paz y una nueva dignidad. Aquí la reflexión del Apóstol de Distrito John Schnabel sobre el lema del año.

El miedo y la vergüenza se encuentran entre las experiencias más persistentes de la condición humana. Las Escrituras nos exhortan repetidamente: “No temas”, precisamente porque el miedo moldea con tanta facilidad la forma en que nos entendemos a nosotros mismos, a los demás y a Dios. Desde los primeros capítulos de la Biblia hasta la actividad de Jesús y la vida de los primeros discípulos, vemos cómo el miedo y la vergüenza empujan a las personas a esconderse. Sin embargo, junto a esta realidad discurre un mensaje constante de esperanza: Dios llama a las personas a salir de su escondite, las restaura y las invita a creer que Él sigue obrando en ellas.

La primera aparición del miedo y la vergüenza tiene lugar en los capítulos iniciales del Génesis. En Génesis 1 y 2, el mundo creado se describe como bueno, bello y ordenado. El relato concluye con una observación llamativa: “Y estaban ambos desnudos, Adán y su mujer, y no se avergonzaban” (Génesis 2:25). Este detalle pone de relieve la armonía que existía en la creación. Adán y Eva vivían sin miedo, sin timidez y sin relaciones rotas.

En Génesis 3, sin embargo, esta armonía se derrumba. La serpiente tienta a Adán y Eva a desobedecer a Dios, prometiéndoles que “serán abiertos vuestros ojos” y que “seréis como Dios, sabiendo el bien y del mal” (Génesis 3:5). Sin embargo, cuando comen el fruto, el resultado no es que alcanzaron la sabiduría, sino la aparición de la vergüenza y el miedo. Inmediatamente, intentan cubrirse, ocultando su desnudez el uno al otro. Luego, cuando oyen a Dios paseando en el huerto, se esconden entre los árboles.

Desde un punto de vista filosófico, la vergüenza puede entenderse como una forma de “autoevaluación reflejada”. Sentimos vergüenza porque imaginamos cómo nos perciben los demás y nos juzgamos negativamente a través de esa mirada imaginaria. Adán y Eva experimentan la vergüenza en dos direcciones. En primer lugar, la experimentan horizontalmente, sintiéndose expuestos el uno ante el otro. En segundo lugar, la experimentan verticalmente, temiendo la mirada de Dios sobre su desobediencia y vulnerabilidad.

No obstante, incluso en ese momento, la respuesta de Dios revela su deseo de restaurar en lugar de abandonar. Dios llama a Adán y le pregunta: “¿Dónde estás tú?”. Esta pregunta no es una solicitud de información, sino una invitación a salir de su escondite. Dios continúa preguntando con delicadeza: “¿Quién te enseñó que estabas desnudo?”. Estas preguntas revelan que el miedo y la vergüenza no provienen de Dios; más bien, ponen de manifiesto las relaciones ahora rotas entre los seres humanos, y entre la humanidad y Dios.

Sin embargo, cuando Adán y Eva salen de su escondite, su vergüenza se manifiesta en forma de culpas y de búsqueda de chivos expiatorios. Adán culpa a Eva, Eva culpa a la serpiente, y la armonía de la creación es sustituida por la acusación y la división. Aunque su desobediencia acarrea consecuencias, la narración concluye con un notable acto del desvelo de Dios: “Y Jehová Dios hizo al hombre y a su mujer túnicas de pieles, y los vistió” (Génesis 3:21). En este acto está implícito el sacrificio. Dios les proporciona una cobertura para su vergüenza, demostrando tanto justicia como misericordia.

Un patrón similar aparece en el Evangelio de Marcos, en el encuentro de Jesús con la mujer que padecía un flujo de sangre crónico (Marcos 5). A diferencia de Adán y Eva, su vergüenza no es el resultado de una desobediencia personal. En cambio, surge de la exclusión social y el sufrimiento físico. Su condición la habría convertido en ritualmente impura, aislándola de la participación normal en la vida comunitaria. Su vergüenza refleja la misma dimensión horizontal que los seres humanos seguimos experimentando hoy en día: una vergüenza arraigada en cómo los demás nos perciben y nos tratan.

Sin embargo, ella cree que Jesús puede sanarla. Actuando con fe, se acerca y toca el borde de su manto, y de inmediato queda sanada. Aun así, cuando Jesús pregunta: “¿Quién ha tocado mis vestidos?”, ella responde con temor y temblor. Al igual que Adán y Eva, queda expuesta.

Pero la respuesta de Jesús difiere de manera crucial. En lugar de permitir que la vergüenza defina su identidad, Él la llama a acercarse, no solo afirmando su fe, sino dándole una fe nueva y más profunda en Él. Su fe la ha sanado y su encuentro con Jesús lo hizo posible. Jesús se dirige a ella con ternura como “hija” y la despide con paz. Al hacerlo, no solo sana su enfermedad, sino que elimina la fuente misma de su vergüenza. Ya no se la define por su condición; se la devuelve a la comunidad, a la familia y a la dignidad. Lo que Dios cubrió en Génesis, Jesús ahora lo sana y lo transforma.

Un tercer ejemplo aparece tras la crucifixión de Jesús en Juan 20. Los discípulos se reúnen a puerta cerrada, escondidos por miedo. No están seguros de los informes sobre la resurrección de Jesús, y es posible que también se sintieran avergonzados por haberlo abandonado y negado. ¿Cómo podrían volver a mirar a la cara a su Maestro después de haberle fallado?

En ese momento, Jesús no los llama para que salgan de su escondite como hizo Dios con Adán y Eva. En cambio, entra directamente en su espacio tan lleno de miedo. Al aparecer entre ellos, los saluda con paz. Su presencia transforma su miedo en regocijo. Más aún, les restaura su llamamiento, encargándoles que sean sus testigos y dándoles poder mediante el Espíritu Santo.

A lo largo de estos relatos, surge un patrón constante. El miedo y la vergüenza empujan a las personas a esconderse: unas de otras, de sus comunidades y de Dios. Sin embargo, Dios responde continuamente buscándolas, llamándolas a salir, sanando su quebrantamiento y restaurando su identidad. Al llamarlas, Dios les pide mucho, pero todas reciben más de lo que esperaban: Adán y Eva reciben desvelo y comprensión, la mujer con flujo de sangre recibe una fe nueva, más profunda y restauración, y los discípulos reciben la paz de Cristo resucitado.

El mismo patrón se repite en la vida de los creyentes de hoy. Experimentar miedo o vergüenza a menudo nos lleva a retraernos, convencidos de que no somos lo suficientemente buenos o de que nuestros fracasos nos definen. Sin embargo, el mensaje de las Escrituras invita a una respuesta diferente: salir de nuestro escondite y creer que Dios sigue obrando en nosotros.

Tal vulnerabilidad no es fácil. Requiere una autorreflexión honesta y el valor de presentarnos ante Dios sin ocultarnos. Pero la promesa que sigue es profunda. Dios nos reviste de misericordia, sana nuestro quebrantamiento y nos restaura a la comunidad. La bondad que Dios declaró en la creación no ha desaparecido; permanece en nosotros porque estamos hechos a su imagen.

Cuando surgen el miedo y la vergüenza, la invitación sigue siendo la misma: no te escondas. En cambio, cree que Dios está obrando en ti, llamándote a avanzar y transformando lo que antes te causaba miedo en una fuente de restauración, esperanza y nueva bendición en tu vida que nunca pensaste que fueran posibles.

abril 28, 2026

Autor: John Schnabel

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