Pentecostés aún está cerca. Las imágenes siguen vivas, las palabras están presentes, la música resuena en los oídos. Pero ¿qué queda cuando la rutina diaria se vuelve más ruidosa que el recuerdo?
Quizás por eso a veces hay que volver atrás conscientemente. No para enumerarlo todo de nuevo cronológicamente, sino para descubrir qué imágenes han perdurado. Nuestro viaje a Sudáfrica comenzó sin grandes alardes: con el trayecto habitual al trabajo, a la oficina de la calle Ueberland. Los últimos documentos, las últimas decisiones, las últimas cuestiones organizativas… y luego partimos hacia Ciudad del Cabo, con escala en Fráncfort.
Los primeros días siguieron siendo un viaje de trabajo: comprobar la tecnología, inspeccionar los salones, coordinar los procesos. A ello se sumaron encuentros, reuniones y la visita a Ocean View, donde el Apóstol de Distrito David Haynes era esperado por más de 1300 hermanos. No fue hasta el sábado cuando algo empezó a cambiar: el viaje de trabajo se convirtió, de forma palpable, en un viaje de Pentecostés.
El sábado estaba prevista una excursión a la costa oeste de False Bay. En Simons Town aún quedó tiempo para visitar la colonia de pingüinos en la playa —con una breve reflexión sobre si allí se podría encontrar inspiración para un código de vestimenta en la Iglesia. No hubo mucho tiempo para eso: al atadecer nos esperaba el concierto en Silvertown.
Ya después del primer canto, me incliné hacia mi compañero de trabajo y le susurré: “Este canto probablemente sería el punto culminante absoluto en la mayoría de los conciertos, y ellos simplemente empiezan con él”.
Eso es precisamente lo que me impresiona una y otra vez de los músicos sudafricanos: esa capacidad de no solo interpretar la música de forma impecable e impresionante, sino de llenarla de emoción, alegría y esperanza. Y eso fue precisamente lo que se percibió esa noche.
El Apóstol Mayor lo expresó al final del concierto. Habló de lo a menudo que las personas se inspiran, por ejemplo, a través de la música —y de lo rápido que se pierden esos impulsos porque vuelve la rutina diaria o porque aumenta nuestro escepticismo.
Y entonces, de repente, invitó a un breve momento de recogimiento. A una oración personal. A un momento de silencio ante Dios.
El silencio que siguió no pareció organizado ni acordado. No se manifestó en grandes gestos, sino en pequeños movimientos: en pañuelos, en bajar la mirada, en lágrimas que nadie tuvo que ocultar.
Quizás precisamente por eso, ese atardecer no fue simplemente un concierto. Fue, sin que se pudiera planear, una preparación para lo que iba a suceder a la mañana siguiente.
Al despertarme, lo primero en lo que pienso no es en el Servicio Divino. Sino en que, en unas siete horas, ya estaremos de nuevo en camino al aeropuerto.
Pero antes nos espera esta experiencia especial: el Servicio Divino de Pentecostés con retransmisión mundial. El Servicio Divino en el que se ordenará a un nuevo Apóstol Mayor y pasará a descanso el actual Apóstol Mayor.
Aún antes del desayuno, hago la valija. Más tarde ya no habrá tiempo. Apenas hay un respiro entre el final del Servicio Divino y la salida al aeropuerto. Vestido con traje negro, me siento a desayunar, tomo café, hablo con los compañeros del equipo sobre el día y, de paso, descargo la tarjeta de embarque.
Todo es muy práctico. Y, sin embargo, los pensamientos vuelven una y otra vez a las figuras centrales de este día: al hasta ahora Apóstol Mayor y a su sucesor.
Unos 20 minutos antes de la salida hacia la iglesia de Tafelsig, todos vuelven a desaparecer hacia sus habitaciones. Yo ya estoy listo y me dirijo directamente a los ómnibus que esperan, saludo al equipo sudafricano y de repente noto movimiento a mis espaldas.
El Apóstol Mayor Schneider se acerca al ómnibus junto con su esposa.
Inusualmente temprano.
Me acerco a él sonriendo, me toco el reloj pulsera y digo:
“Apóstol Mayor, ¿qué pasa? Normalmente nunca llega tan temprano”.
Él se echa a reír de inmediato.
“Sí, normalmente…”. Luego se frota las manos: “Pero hoy es un día muy especial”.
En ese pequeño instante ya se percibía algo de la tensión de ese día: seriedad, expectación —y esa alegría casi juvenil ante lo que estaba por venir.
Poco a poco, los demás Apóstoles de Distrito, los Ayudantes Apóstol de Distrito y sus esposas van llegando a los ómnibus. Una vez que se ha comprobado que el Ayudante Apóstol Mayor también está a bordo —hoy nadie quiere prescindir de él—, los dos ómnibus se ponen lentamente en marcha. La ruta pasa a lo largo de la costa. A la derecha, el mar. Olas blancas y espumosas. La hierba de las dunas meciéndose al viento.
En el ómnibus se hace el silencio. A la derecha, el mar; a la izquierda, la ciudad; delante de nosotros, Tafelsig.
Primero pasamos por la Iglesia Nueva Apostólica de Eastridge y, aproximadamente un kilómetro más adelante, por el edificio de la comunidad de Tafelsig West. Sin embargo, la comunidad allí reunida no se encuentra en el edificio de la iglesia, sino que está al borde de la calle saludando con la mano. No es una bienvenida perfectamente orquestada. Más bien alegría sincera. Ruidosa. Cordial. A la sudafricana. Desde allí solo quedan unos 600 metros hasta la gran iglesia de Tafelsig.
Afuera, los colaboradores coordinan la llegada. Los hermanos y hermanas acuden en masa al recinto. Ropa de fiesta, abrazos, saludos breves, miradas inquisitivas. Todo está en movimiento. El Apóstol Mayor y su comitiva entran en el edificio por el estacionamiento subterráneo y se dirigen hacia la sacristía.
Nos dirigimos hacia la nave de la iglesia por la escalera. La escalera es estrecha, subimos pacientemente escalón a escalón.
Y es precisamente allí donde se oye por primera vez con claridad.
La música.
Desde las puertas abiertas, el coro y la orquesta llegan hasta la escalera. Las voces se hacen más fuertes con cada escalón. Las conversaciones se acallan. El paso se hace más lento.
Y cuando finalmente entramos y nos dirigimos a nuestros asientos, se tiene la sensación de estar entrando en medio de algo que ya ha comenzado hace tiempo y que se extiende mucho más allá de los muros de esta iglesia.
Continuará.