No todos los instantes se comprenden de inmediato. Pentecostés en Ciudad del Cabo fue uno de esos acontecimientos: el Servicio Divino, la música, el silencio, la comunión mundial… y la pregunta de qué queda de todo ello cuando vuelve la rutina diaria.
En la nave de la iglesia me lleva un buen rato encontrar mi paz interior. Así que, para empezar, me quedo allí sentado. Escucho la música. Miro a mi alrededor. Intento que mis pensamientos se calmen un poco.
Entonces suena el órgano.
Comienza el himno de inicio. La comunidad se pone de pie.
Comienza el Servicio Divino.
La palabra bíblica les resulta familiar a muchos. Sobre todo, a los portadores de ministerio. Porque el Apóstol Mayor oficia con el texto bíblico de los Pensamientos Guía. En realidad, es un pensamiento notable: miles de portadores de ministerio en todo el mundo leen los mismos impulsos. Se preparan con ello. Predican sobre ello. Y lo mismo hace hoy el Apóstol Mayor: predica sobre la Iglesia de Cristo. Sobre a quién pertenece. Sobre quién es su cabeza. Y también sobre cómo deben tratarse los miembros entre sí, si Cristo sigue siendo realmente la cabeza.
A continuación, tiene lugar la Santa Cena. Por un momento, todo lo especial de este día pasa a un segundo plano, detrás de lo que conforma cada Servicio Divino.
Y luego llega lo que todos esperaban: la ordenación del nuevo Apóstol Mayor. Esta tiene lugar ante el altar y, debido al lugar elegido, en medio de la comunidad. Y aunque el Ayudante Apóstol Mayor antes estaba sentado justo al lado del altar, da la impresión de que ahora se presenta ante el Apóstol Mayor desde la comunidad, como parte de ella.
Me queda especialmente grabado el “sí”.
No responde rápidamente. No de forma rutinaria. No de pasada. Entre la pregunta y la respuesta hay un momento de silencio. Casi como si le diera conscientemente espacio a ese “sí”. Sin vacilar. Sin inseguridad. Porque ese “sí” no solo lo pronunció, sino que realmente lo dio con convicción.
Después de la ordenación, el Apóstol Mayor Schneider sube de nuevo los escalones hacia el altar con una energía casi juvenil y exclama lleno de alegría y entusiasmo: “¡Tenemos un nuevo Apóstol Mayor! ¡Qué bendición! ¡Qué alegría!”.
Se oyen unos aplausos bajos, aislados y tímidos. Casi inseguros: ¿se puede aplaudir ahora? ¿Es apropiado o en realidad este momento es demasiado solemne para ello? Y entonces el propio Apóstol Mayor Schneider se encarga de resolver este instante de incomodidad.
Empieza a aplaudir con fuerza. De corazón. Sin complicaciones. Humanamente. Con esa forma tan propia de él de no querer nunca reprimir artificialmente la emoción.
Y de repente, toda la iglesia aplaude. No como en un espectáculo. Más bien como una expresión conjunta de gratitud, alivio y alegría.
Antes de que el Apóstol Mayor Schneider ceda finalmente el relevo a su sucesor, dirige unas breves palabras a la comunidad mundial. Luego le da la palabra al hombre que ahora lo colocará en estado de descanso. Y este lo hace exactamente como debe: se toma un poco más de tiempo para ello. Porque la gratitud, así lo deja claro, no debe permanecer en silencio. Al fin y al cabo, ante él se encuentra ahora quien ha dirigido la Iglesia durante trece años. Una Iglesia en la que la diversidad no se percibe como una perturbación, sino como una riqueza. Y en la que, a pesar de ello, no se pierde la unidad.
Durante unos minutos, dos Apóstoles Mayores activos se encuentran al mismo tiempo ante el altar. Uno a pocos pasos de su descanso, el otro al comienzo de su ministerio. Y ambos van de la mano, pues la Iglesia no vive de dejar atrás sus orígenes. Sino de forjar el futuro a partir de ellos.
Cuando finalmente el Apóstol Mayor Schneider pasa a descanso, la nave permanece en silencio. Sin grandes efectos externos. Más bien un momento en el que trece años de ministerio de repente se hacen muy presentes.
Y entonces el nuevo Apóstol Mayor concluye el Servicio Divino con una oración y la dispensación de la bendición final. Sobre una comunidad mundial. Sobre personas en los más diversos países. En las más diversas situaciones de la vida. Y, sin embargo, unidas en la comunión del Espíritu Santo.
Como canto final, el coro vuelve a entonar una obra de nueva composición. El Apóstol Mayor Mutschler exclama entusiasmado: “¿No ha sido hermoso? ¡Increíble! Esto es el cielo“.
Y luego agrega algo que suena como una confesión de fe personal: tiene esperanza en el futuro.
Esperanza en una época en la que muchas personas pierden la esperanza. Esperanza para la Iglesia de Cristo. Esperanza para una comunidad que no solo respeta al otro en sus diferencias, sino que lo ama precisamente por ello.
Mientras la comunidad entona el canto final, salimos lentamente del templo. Al llegar, nos sumergimos en esta atmósfera. Ahora nos acompaña en la salida. Afuera nos dirigimos a los ómnibus que nos esperan. Cuando estos se ponen en marcha, vuelve a reinar el silencio. No es un silencio opresivo. Más bien es como si cada uno tuviera que asimilar por sí mismo lo que acaba de suceder.
Al llegar al hotel, todos se acercan a los dos Apóstoles Mayores y expresan en pocas palabras lo que, en realidad, no se puede decir tan rápidamente.
Ni siquiera noventa minutos después, salimos del hotel de nuevo en dirección al aeropuerto.
En realidad, es un corte brusco. Pero no lo parece en absoluto. Más bien es como si algo hubiera terminado realmente bien. Un final lleno de agradecimiento hacia nuestro anterior Apóstol Mayor. Y un comienzo esperanzador con el nuevo Apóstol Mayor.
Cuando llegamos al aeropuerto, hay mucho ajetreo.
Este fin de semana se había celebrado una maratón en Ciudad del Cabo. Gente de todo el mundo había acudido a Ciudad del Cabo para este evento y ahora vuelve a casa. Muchos aún llevan sus medallas colgadas al cuello. Yo no llevo ninguna. Y, sin embargo, no siento que vuelva a casa con las manos vacías.
Entretanto, ya han pasado otras dos semanas.
Dos semanas llenas de vida cotidiana. Llenas de pequeñas alegrías y pequeñas contrariedades. Llenas de tareas, conversaciones, citas, cansancio, encuentros hermosos y pensamientos humanos totalmente normales.
Y, sin embargo, me doy cuenta de que algo de Pentecostés ha permanecido. Está allí, en mi interior, como un recuerdo —no cerrado, no completamente clasificado, sino lo suficientemente vivo como para ser contemplado una y otra vez.
Quizá haya que dedicar tiempo conscientemente a esos recuerdos. Reflexionar de nuevo. Escuchar de nuevo. Permitir de nuevo que las imágenes, las palabras y los encuentros sigan surtiendo efecto.
Porque aún hay mucho en lo que pensar: ideas de la prédica, conversaciones al margen, la música, pequeñas historias por el camino. No todo cabe en un artículo. Pero algunas cosas quedan de todos modos.
Quizás ese sea precisamente el efecto de días así. No nos quitan la vida cotidiana. Pero le aportan algo.








