De la imagen del templo a la Iglesia de Cristo: la presencia de Dios, los Apóstoles y la unidad son sus características, y de eso tratan los Servicios Divinos dominicales de agosto.
Las prédicas dominicales del mes de agosto se organizan en dos series temáticas: los primeros tres domingos se refieren a la Iglesia de Cristo, mientras que los dos últimos domingos abordan dos de los Diez Mandamientos.
Cristo en su Iglesia
En el primer Servicio Divino dominical, la santidad de la Iglesia ocupa un lugar central. En el antiguo pacto, el templo era el signo de la presencia de Dios y, en la tradición cristiana, es la imagen de la Iglesia invisible de Cristo. Esta Iglesia no es obra de los seres humanos, sino obra de Jesucristo, y se fundamenta en su encarnación, su sacrificio y su resurrección.
Cristo sigue obrando en su Iglesia hasta el día de hoy de manera visible a través de los Apóstoles con el anuncio del Evangelio, la dispensación de los Sacramentos y la preparación para el retorno de Cristo. A pesar de todas las imperfecciones que hay dentro de esta Iglesia visible, no se debe pasar por alto todo el bien que proviene de Jesús, así como el que hace el prójimo.
Los Apóstoles como embajadores en nombre de Cristo
El segundo domingo pone el énfasis en la apostolicidad, una de las características esenciales de la Iglesia de Cristo. Jesús envió a los primeros Apóstoles para llevar el Evangelio a todas las naciones y hacerlo accesible a todas las personas —una misión que perdura hasta el día de hoy.
La actividad de los Apóstoles en la actualidad se caracteriza por el debido anuncio del mensaje de Jesús, la reconciliación con Dios, así como la debida administración de los Sacramentos para los vivos y los muertos. Además, la atención se centra en el retorno de Cristo. Todos los que siguen a Jesús y a sus Apóstoles tienen una misión: ayudar a las personas de su entorno personal a volverse hacia Cristo.
La unidad, lo esencial
El tercer domingo de agosto pone de relieve otro de los rasgos característicos de la Iglesia de Cristo: el llamado a la unidad. En su oración sacerdotal antes de la crucifixión, Jesús intercede por sus discípulos, pero también por todos aquellos que creerán en Él por la palabra de los discípulos. Es importante que sean uno.
Ya sea en la vida cotidiana, en la comunidad o dentro de la Iglesia invisible de Cristo, la unidad de todos los que creen en Jesús es un encargo vinculante. Porque es un testimonio para el mundo y caracteriza a la Iglesia de Cristo, que es una. Además, es una dádiva de Dios que debe preservarse y crecer.
El desvelo de Jesús como norma
El cuarto Servicio Divino dominical se centra en el cuarto mandamiento: “Honra a tu padre y a tu madre”. Es un mandato de Dios tratar a los padres con respeto, aprecio y agradecimiento. Sin embargo, si los padres exigen algo injusto, entonces prevalece la voluntad de Dios.
Jesús es nuestro ejemplo y muestra cuán importantes son el amor, la responsabilidad y la ayuda, como cuando, por ejemplo, en su crucifixión, confió a su madre al cuidado de su discípulo Juan. Pero también los padres tienen el deber de tratar a sus hijos por medio de una conducta agradable a Dios. Solo así los hijos pueden cumplir con el cuarto mandamiento.
Preservar la vida, protegerla y favorecerla
El último domingo del mes, la prédica se centra en la protección de la vida; el punto central es el quinto mandamiento: “No matarás”. Dios es el Creador de la vida y solo Él decide sobre ella —sobre su inicio y su fin—. No solo los actos, sino también las actitudes interiores, como la ira o el odio, ya son raíces de la violencia y violan el mandamiento.
La misión es, pues, proteger la vida y permitir que se desarrolle. Esto incluye también oponerse a la violencia física y espiritual, y ser testigos de Cristo que favorecen la vida.
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