El intercambio recíproco genera equilibrio
Honrar al padre y a la madre: cuántas veces se ha abusado de este mandamiento, en detrimento de los más vulnerables. Una lectura atenta de la Biblia revela que este mandamiento no es una calle de sentido único.
“Mientras te sientes a mi mesa…” — “Los hijos deben obedecer” — “No te opongas a tus padres”. Y si todo eso no sirve de nada, llega el argumento de la autoridad: “Honra a tu padre y a tu madre; al fin y al cabo, eso está en la Biblia”.
Y así, un mandamiento se ha convertido en una frase autoritaria.
Sin embargo, en Éxodo 20:12 no se habla de órdenes. El término hebreo “kabbēd” proviene de una familia de palabras relacionadas con el peso y la relevancia. “Honrar”, por lo tanto, significa en un sentido más profundo: dar relevancia a alguien, tomarlo en serio y valorarlo.
Honrar con manos y pies
Cuando el pueblo de Israel aún caminaba penosamente por el desierto, “honrar” tenía un significado concreto, sobre todo para los hijos adultos: no dejar atrás a los ancianos. “Dar relevancia” de forma tangible: a quien ya no puede seguir el ritmo, se lo ayuda a avanzar. Así se explica la segunda parte del mandamiento: “… para que tus días se alarguen en la tierra que Jehová tu Dios te da”.
Al llegar a Canaán, el enfoque cambia. El cuidado de los mayores sigue siendo responsabilidad de las familias. Sin embargo, los padres transmiten algo más que alimento y alojamiento: experiencia, historia, fe. Por eso, honrar también significa escuchar: oír al padre y a la madre (Proverbios 1:8).
Y ¡ay de quien no lo haga!: ¿Golpear a los padres? Pena de muerte (Éxodo 21:15). ¿Maldecir a los padres? Pena de muerte (Éxodo 21:17). ¿Desobediencia contumaz? Primero ante el tribunal de los ancianos y luego lapidación (Deuteronomio 21:18-21). Porque quien ataca a los padres no solo pone en peligro la paz familiar, sino que, más aún, sacude el orden de la sociedad.
Del castigo al cuidado
Y entonces llega Jesús: no anula el mandamiento, ni mucho menos. Al contrario: lo defiende. Pero para Él no se trata de castigos ni de autoridad, sino de otra cosa: del cuidado.
Denuncia una artimaña hipócrita: quien declara que sus bienes son “korban” (ofrenda), los consagra a Dios. Suena piadoso, pero, en un primer momento, deja a los padres desamparados en su vejez. “Así habéis invalidado el mandamiento e Dios”, reprende Jesús (Mateo 15:6).
Honrar en sentido contrario
Honrar no es una calle de sentido único. También el Apóstol Pablo reafirma este mandamiento, pero enseguida abre el paso al tráfico en sentido contrario. No solo se espera que los hijos honren a sus padres, sino también que los padres honren a sus hijos.
Así, ni el padre ni la madre deben exigir demasiado a sus hijos ni desalentarlos, ni controlarlos en exceso ni sacarlos de quicio, escribe Pablo en Efesios 6:4 y Colosenses 3:21. Más bien, deben darles lo que necesitan para crecer: cuidado, orientación y apoyo.
En ambos sentidos se aplican las mismas reglas. Hijos y padres deben actuar “en el Señor”. Lo determinante no es la voluntad ni los deseos propios, sino los valores de Jesucristo.
La responsabilidad necesita apoyo
Y entra en juego alguien más: las personas que los rodean. Porque la paternidad no es un asunto puramente privado. Quien debe asumir una responsabilidad necesita apoyo.
Este principio ya se incluye en el Antiguo Testamento. Cuando las familias no pueden hacerse cargo por sí solas de sus miembros más vulnerables, la comunidad debe intervenir. Por eso, por ejemplo, las viudas y los huérfanos gozan de una protección especial. En el Nuevo Testamento, ese cuidado se convierte expresamente en una tarea de la comunidad.
Y está también esta frase de Jesús: “Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis” (Marcos 10:14). Los terceros pueden hacer ambas cosas: obstaculizar o ayudar. Una comunidad honra a los padres ayudándoles a asumir su tarea.
“Honra a tu padre y a tu madre”: este mandamiento nos concierne a todos. Los hijos dan relevancia a sus padres. Los padres, a sus hijos. El padre y la madre, el uno al otro. Y las personas que los rodean ayudan a compartir la carga. Así, al final, cada uno recibe su peso, sin que ello agobie a nadie más.
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