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De cueva de los ladrones a casa de oración 

septiembre 9, 2026

Autor: Sophie Berg

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El templo no es solo un lugar: es la Iglesia de Cristo. Está abierto a todos y destinado a la oración. Sin embargo, no todos son conscientes de ello; el Apóstol Mayor nos lo aclara. 

En el Servicio Divino para portadores de ministerio celebrado el miércoles 1 de julio de 2026 en Limete, Kinshasa (República Democrática del Congo Oeste), el Apóstol Mayor Helge Mutschler interpretó el pasaje bíblico de Marcos 11:17: “Y les enseñaba, diciendo: ¿No está escrito: Mi casa será llamada casa de oración para todas las naciones?”. 

“Nosotros somos el templo” 

Hace 2000 años, muchos judíos viajaban a Jerusalén para celebrar la Pascua. Allí estaban obligados a pagar el impuesto del templo en moneda local y a ofrecer un sacrificio. Por ello, en el templo había cambistas y vendedores de palomas que exigían precios excesivos y se aprovechaban de la situación. 

“Un día después de la Pascua, Jesús fue al templo y lo vio”. Se enojó y expulsó a los vendedores y compradores, y volcó las mesas de los cambistas. “¡Atención!”, advirtió el Apóstol Mayor: “Jesús no lo hizo para demostrar que es posible la violencia en nombre de la religión”. Lo hizo para dar un ejemplo y enseñar a la gente que ese comportamiento era absolutamente inaceptable en el templo. 

Señaló el templo y dejó claro que su casa debía ser una casa de oración para todas las naciones, pero que aquellas personas la habían convertido en una cueva de ladrones. Hoy en día, ese templo ya no existe. “¿Qué quiso decir Jesús con el término ‘templo’?”, preguntó el Apóstol Mayor Mutschler. “Nosotros somos el templo”. Todos juntos, la comunidad de Cristo, formamos el templo. “Debemos ser una casa de oración”. 

Ni comercio ni cueva de ladrones 

Y con ello queda claro lo que este templo no es en ningún caso: 

Ni un comercio: es inaceptable hacer negocios en nombre de la Iglesia y abusar de ella con fines económicos. Dios no es una máquina expendedora: “oramos a Dios como si echáramos una moneda” y esperamos que Él nos dé lo que queremos. Hacer algo en la casa de Dios y preguntar: “¿Cuál es el beneficio para mí?”. O teniendo miedo a no ser amado y preguntar: “¿Qué debo hacer para que Dios me ame?”. 

Ni una cueva de ladrones: los ladrones se esconden, cierran ventanas y puertas, apagan la luz, guardan silencio y viven aterrorizados por el miedo a ser castigados. “Todos somos esos ladrones, pues somos pecadores”. A menudo se ocultan esos lados oscuros y no se habla de ellos. 

Ni un lugar de rituales mecánicos: algunos peregrinos en Jerusalén se mostraban apáticos y mecánicos al ofrecer su sacrificio. Esto también ocurre en el servicio que se presta a Dios y uno piensa: “Oh, ahora tengo que hacer esto y lo otro. En realidad, no quiero, pero tengo que hacerlo”. 

Ser una casa de oración 

El Apóstol Mayor hizo un llamamiento: “Seamos una casa de oración y…” 

“…acudamos a Dios y pidámosle con humildad todo lo que deseemos”. No hay que realizar ningún mérito, “Dios te ama”. Y que todo lo que se haga en la Iglesia, no se haga para obtener una ventaja, sino “porque amamos a Dios y porque amamos a nuestros hermanos y hermanas”. 

“…acudamos a Dios y hablemos con Él sobre nuestros lados oscuros y nuestros pecados. No tengamos miedo, simplemente creamos”. Dios no quiere castigar, Él ama y quiere perdonar. 

“…comprendamos que todo nuestro servicio lo realizamos para adorar a Dios con gran alegría”. 

Un templo para todos 

Toda la Iglesia debe ser una casa de oración. Está abierta por igual a los niños, los jóvenes, las personas mayores, a los hermanos y hermanas inactivos, a los pobres, a los débiles, a los pecadores: no hay diferencias. “¡Todas las personas tienen la misma dignidad!”. 

La Iglesia de Cristo está por encima de las diferencias étnicas. Como portador de ministerio, no hay que situarse por encima de los hermanos ni aprovechar la posición en su perjuicio. Se vive en Cristo, en unidad y diversidad, pues cada comunidad tiene su propia mezcla de culturas, tradiciones, comportamientos, costumbres y opiniones. Pero el amor de Dios nos une y nos orienta hacia Cristo. El Evangelio es para todas las personas y todos los pueblos, hoy y en el reino de paz. 

“Nosotros somos el templo de Dios”, concluyó el Apóstol Mayor su prédica: “Este debe ser una casa de oración para todos. Y allí/aquí resuene cada día la mayor oración, que dice: ‘¡Ven, Señor Jesús, ven!’”. 

septiembre 9, 2026

Autor: Sophie Berg

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