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El anfitrión es el propio Jesucristo

octubre 12, 2026

Autor: Andreas Rother

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Un canto, una oración, palabras familiares: el festejo de la Santa Cena sigue un orden establecido. Pero detrás de ello hay más de lo que se aprecia a primera vista. 
 
“Ahora está preparada la mesa del Señor”. Los cálices están abiertos, las hostias están dispuestas. Esta frase marca lo que está a punto de suceder: en el altar, Jesucristo celebra con su comunidad. Aquí reside el núcleo del Servicio Divino nuevoapostólico. 
 
La forma en que la comunidad se prepara para ello y recibe el Sacramento se va desarrollando paso a paso. Esto se explica con detalle en dos artículos de la revista para miembros community, números 3/2026 y 4/2026. La base para ello es un artículo publicado en el número especial de “Pensamientos Guía” 2/2025. 

La conversión: el comienzo del camino 

Antes de que se abran los cálices, la mirada se dirige hacia el interior. ¿En qué he pecado? ¿De qué me arrepiento? ¿Con quién debería reconciliarme? A esto se lo llama arrepentimiento. Se requiere un examen de conciencia sincero, el reconocimiento de la propia culpa y la voluntad de cambiar algo. Esto también implica estar dispuesto a perdonar. Un himno de arrepentimiento —o unos momentos de silencio— dan espacio a esta reflexión.  
 
Pero el arrepentimiento va mucho más allá de un momento concreto en el Servicio Divino. “Es un componente necesario en la vida de fe cristiana”, subraya la carta doctrinaria: “como reconocimiento de nuestra propia imperfección y de la total dependencia de la gracia de Dios”. 
 
A continuación, la comunidad se pone de pie para orar el “Padre Nuestro”. La oración que enseñó Jesús une en este momento dos peticiones: “Perdónanos nuestras deudas” la convierte en una oración de arrepentimiento, mientras que “el pan nuestro de cada día, dánoslo hoy” la convierte en una oración de la mesa. 

Más que una instantánea 

Luego tiene lugar la Absolución. El oficiante dice: “En el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Hijo del Dios viviente, os son perdonados los pecados”. En este contexto, la distribución de roles es decisiva: Dios perdona los pecados. El Apóstol y sus representantes solo anuncian este perdón. La promesa tiene por objeto dar certeza a la persona arrepentida de que la gracia de Dios le pertenece. 
 
Quien escucha la Absolución no recibe automáticamente el perdón. Sin arrepentimiento y sin disposición al perdón, su efecto no puede manifestarse. Pero, por encima de todo, vale lo siguiente: Dios puede perdonar los pecados incluso independientemente del ministerio y de la Iglesia. 
 
En la oración del sacrificio que sigue, la petición se convierte en agradecimiento. El centro de atención es el sacrificio de Jesucristo, que hace posible el perdón y los Sacramentos. Aquí también tiene cabida la invocación directa al Espíritu Santo: que fortalezca a la comunidad para que reciba la Santa Cena dignamente y para su salvación. 

El poder de las palabras

“Ahora celebraremos la Santa Cena”. Con este anuncio comienza la parte principal de la celebración de la Santa Cena. Se descubren los cálices y se prepara la mesa. A continuación, tiene lugar la separación del pan y el vino, la denominada consagración. 
 
La fórmula de la Santa Cena abarca un amplio espectro: comienza en el nombre del Dios trino, actualiza el sacrificio de Jesús, una vez traído y eternamente valedero, y recoge las palabras con las que Él instituyó la Santa Cena. Su conclusión dirige la mirada hacia el futuro: “hasta que Él venga”. 
 
Según la interpretación nuevoapostólica, el pan y el vino conservan su naturaleza. Sin embargo, se les agrega la naturaleza del cuerpo y la sangre de Cristo. A esto se refiere el concepto de “presencia real”: Jesucristo está verdaderamente presente con su cuerpo y su sangre. 
 
Los requisitos son el pan y el vino, la fórmula de la Santa Cena y la autoridad procedente del apostolado. Por lo tanto, un desliz lingüístico del Pastor no invalida el Sacramento. Tampoco las debilidades personales del oficiante impiden su realización. Cristo es el Señor del Sacramento; el Espíritu Santo hace efectiva su presencia. 

Dos palabras se hacen personales

En primer lugar, reciben la Santa Cena los portadores de ministerio. También ellos dependen del don que posteriormente distribuyen. A continuación, se invita a la comunidad. El anfitrión es el propio Jesucristo. 
 
“El cuerpo y la sangre de Jesús dados para ti”. Quien los recibe participa del cuerpo y la sangre de Cristo. La Santa Cena une: a Cristo con sus Apóstoles, a Cristo con los creyentes y a la comunidad entre sí. En la mesa del Señor surge comunión. 
 
La celebración termina al tapar los cálices, finalizando también la presencia del cuerpo y la sangre de Cristo en las hostias. Pero la mirada va más allá. Porque cada Santa Cena del Señor remite al retorno de Jesucristo y, con ello, a la esperanza de la comunión plena con Él.  

octubre 12, 2026

Autor: Andreas Rother

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