La paz es más que un alto el fuego. Comienza allí donde el miedo se desvanece, los muros caen y las personas vuelven a escucharse unas a otras. Jesucristo nos muestra lo que realmente importa.
“El tema de la paz y la discordia está de actualidad en todas partes”, afirmó el Apóstol Mayor Helge Mutschler al iniciar el Servicio Divino del domingo 13 de septiembre de 2026 en Viena (Austria). Existe un gran anhelo de paz auténtica, no solo de un alto el fuego: paz en las relaciones internacionales, en la familia, en la comunidad. “En realidad, sabemos cómo hacerlo: escuchar al otro, dar el primer paso y ceder un poco”. La realidad es otra, las personas no lo logran.
El Apóstol Pablo también lo sabía. Y por eso escribió en Efesios 4:1-3: “Yo pues, preso en el Señor, os ruego que andéis como es digno de la vocación con que fuisteis llamados con toda humildad y mansedumbre, soportándoos con paciencia los unos a los otros en amor, solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz”.
Sus palabras siguen dirigidas hoy a cada uno de nosotros. “Os ruego” debe entenderse en el sentido de pedir, consolar y animar. Y “andéis como es digno de la vocación” significa, sencillamente, seguir avanzando por el camino que hemos emprendido como cristianos.
Cristo, el que derriba muros
“En el templo de Jerusalén había un muro a la altura de la rodilla entre dos zonas concretas, y allí había carteles”, explicó el Apóstol Mayor. “En ellos se leía: ‘Quien cruce este muro morirá’”. Así se separaba a las personas de Dios y unas de otras. “Ante esta realidad de Jerusalén, ante esta pared intermedia de separación, Pablo dice en el capítulo dos: ‘Porque él es nuestra paz’”.
“Él” es Jesucristo, quien derribó el muro al eliminar la separación entre el ser humano y Dios, así como entre los propios seres humanos. Ya se había anunciado esto ante los pastores en el campo: “En la tierra paz”. Y en cada Servicio Divino se escuchan las palabras: “La paz del Resucitado sea con vosotros”.
La raíz de la discordia
“La paz está aquí, la paz se ha establecido, la paz no es una utopía”. Sin embargo, reina mucha discordia, pero detrás de ella probablemente se esconde el miedo:
- “Hay alguien que siempre se da importancia y se pone en el centro de atención, y que ignora por completo las necesidades de todos los demás”. —El miedo a no ser amado.
- “Hay alguien que estalla ante la más mínima crítica, que es belicoso, que siempre agrava todas las situaciones de inmediato”. —El miedo a pasar desapercibido.
- “Hay personas que abandonan a los demás y prometen fidelidad solo por un tiempo”. —El miedo a que ya no haya esperanza.
Al centro de este miedo llega Jesucristo, que es el amor, y su perfecto amor echa fuera el temor.
El rostro de la paz
La humildad, la mansedumbre y la paciencia no son una orden, sino el rostro de la paz de Jesús:
Humildad: Jesús “se hace pequeño, se hace Hijo del Hombre”. Se humilla hasta la muerte en la cruz y lava los pies a los discípulos. Su comportamiento deja claro: “Yo te amo”.
Mansedumbre: Jesús tiene todo el poder, pero aun así le pide a Pedro en Getsemaní que guarde su espada. De este modo le muestra: “No tienes que imponerte, yo te defenderé”.
Paciencia: Después de su resurrección, Jesús no reprocha a Pedro su negación, sino que le pregunta: “¿Me amas?”. Con ello subraya: “No te abandonaré”.
Allí donde se experimenta este amor, el miedo se disipa; allí donde el miedo se disipa, la lucha cesa y entonces crecen la humildad (“Te valoro más que a mí mismo y miro por lo que te conviene”), la mansedumbre (“Te veo, te escucho, te dejo la última palabra”) y la paciencia (“Me quedo contigo”). “Jesucristo es la receta para la paz”.
El fin del miedo
Cada uno de estos miedos tendrá un final definitivo:
- Cuando Jesucristo venga y lleve a su comunidad nupcial a casa, desaparecerá el miedo a no ser amado.
- Cuando llegue el reino de paz, Jesucristo hará justicia a todos los seres humanos y anunciará el Evangelio a todos; entonces desaparecerá el miedo a no ser visto.
- Cuando Dios, en la nueva creación, enjugue toda lágrima y reine la paz definitiva, desaparecerá el miedo a que ya no haya esperanza.
El dirigente de la Iglesia concluyó su prédica con las palabras del Apóstol Pablo: “Quiero animarnos a todos a seguir simplemente con el Señor por este camino que ya hemos emprendido hace tiempo, porque allí está la paz”.






