Sacramentos (53): En el camino a la inmortalidad

¿Sacramentos para los difuntos? Eso sería inconcebible sin la inmortalidad del alma. Pero esta idea se encuentra en la Biblia solo de forma rudimentaria. Cómo nació la interpretación actual de la vida después de la muerte.

“Néfesh” es el término hebreo que más a menudo se traduce como “alma” en el Antiguo Testamento. Viene de “garganta” como órgano de la respiración y de “inhalación” como actividad. Pero la palabra tiene poco que ver con el alma como tal, como la entendemos hoy.

El abanico de significados se extiende desde el aliento como fuerza vital hasta la mente como asiento de las emociones o como sinónimo del “yo”. En cualquier caso, el cuerpo y el alma forman una unidad. Y al principio no existe el concepto de la continuidad de la vida después de la muerte.

Pero esto cambia cuando los judíos entran en la diáspora tras la caída de su reino y se extienden principalmente a Egipto y Asia Menor. Allí adoptan el griego como lengua estándar y traducen sus Sagradas Escrituras. En ese momento, nace la “Septuaginta”.

Una palabra cambia la forma de pensar

“Psique” es la palabra griega para “néfesh”. A primera vista, encaja a la perfección: originalmente, la palabra significa “aliento” y también algo así como “fuerza vital”. Pero cuando los judíos adoptan el término, su significado ya ha cambiado.

Culpable es el orfismo, un culto griego del misterio, en el que el alma es un trozo de divinidad atrapado en el cuerpo. El filósofo Platón amplía la idea: el cuerpo y el alma son opuestos. El alma es más valiosa porque tiene naturaleza divina y es inmortal.

Con el término “psique”, este pensamiento también migra al judaísmo. Esto puede verse en los escritos tardíos del Antiguo Testamento, como Daniel o la Sabiduría de Salomón, y en los libros entre ambos Testamentos (también llamados “apócrifos”). Sin embargo, la inmortalidad no se entiende aquí como existencia continua, sino como resurrección.

De volver a vivir a seguir viviendo

Esta línea continúa en el Nuevo Testamento: la resurrección, el volver a vivir después de la muerte, es un principio de fe para los fariseos. Por otra parte, la continuidad de la vida después de la muerte está implícita en la parábola de Jesús del agricultor rico y del pobre Lázaro. También en el más allá, la personalidad permanece, puede percibirse a sí misma y a los demás. Así, cambia la comprensión del hablante y del oyente.

En la época posterior a los Testamentos, las ideas griegas y judías se funden en una coexistencia cristiana temprana. La doctrina de la inmortalidad prepara el camino para la creencia en la resurrección. Y la naturaleza divina del alma encaja bien con la imagen de Dios del relato de la creación.

Volver a la corporeidad

Una doctrina sistemática recién se desarrolló en la Edad Media: los hitos fueron marcados –una vez más– por el Padre de la Iglesia Agustín y el Doctor de la Iglesia Tomás de Aquino. El primero ve el alma como el ser humano en sí. El otro encuentra la identidad de un ser humano en la unidad de cuerpo, alma y espíritu, que en la muerte aspira el cuerpo de resurrección.

La Iglesia Católica ha mantenido el núcleo de esta doctrina en su Catecismo hasta el día de hoy. La teología evangélica, en cambio, ha abandonado en gran medida el concepto de la inmortalidad del alma y espera la vida después de la muerte solo a través de la resurrección.

Para la Iglesia Nueva Apostólica está claro (Catecismo INA 3.3 y 9 ): Después de la muerte, la personalidad del ser humano permanece a través del espíritu y el alma. Esta inmortalidad fue dada por Dios a través de la semejanza con Él. O para decirlo brevemente: “En el ‘tú’ de Dios, el hombre llega a ser ‘yo’”.


Los Sacramentos para los difuntos, ¿son posibles? Eso depende del concepto de la otra vida. Este es el tema del próximo episodio de esta serie.


Foto: Tanja Bagusat -stock.adobe.com

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