Fe o ley, un tema delicado

¿Correcto o equivocado – auténtico o falsificado – puro o impuro? Hubo una época en la que estos interrogante cumplían un papel muy importante. La transición del Antiguo al Nuevo Testamento no fue fácil.

Hasta el primer siglo del cristianismo temprano, los judeocristianos eran mayoría. Habían sido los primeros en oír del Evangelio del Señor Jesucristo, habían reconocido el paralelismo con la vieja fe mesiánica de sus antecesores, pensaban que tenían una posición de supremacía ante Dios, se dejaban bautizar y seguían viviendo como cristianos entre los judíos. Los Hechos de los Apóstoles dan un ejemplo elocuente de cómo era la vida cristiana en los comienzos: judía. Y cómo, obviamente, primero contaban la noticia del Hijo de Dios resucitado solo a los judíos.

Pero después se levantaron las primeras preguntas. Si Dios quiere que todos los hombres sean salvos, ¿cómo puede limitarse solo al pueblo judío? ¿No murió Cristo para todos los seres humanos? Se necesitaba una nueva comprensión de Dios, la gracia, la redención y la salvación. Incluso los primeros Apóstoles, los discípulos del Señor, tenían sus problemas con la nueva imagen de Dios y los hombres. Antes todo era tan claro: Si quieres ser un hijo de Dios, debes ser judío. Si quieres pertenecer al pueblo de Dios, debes estar circuncidado. Si quieres ser puro, debes guardar los mandamientos. Había infinitas leyes sobre los alimentos a las que atenderse, la ley del día de reposo era santa, el servicio en el templo no admitía excepciones y muchas cosas más. Ese era el mundo en el que los discípulos de Jesús habían crecido.

El nuevo camino

Y ahora todo era distinto. De pronto regía otra escala de valores. No porque eres judío, Dios te hace hijo de Dios, sino que reconozcas a Dios en su Hijo Jesucristo y lo sigas. No la circuncisión te hace hijo del pueblo de Dios, sino el Bautismo. No el atenerte meticulosamente a los mandamientos alimentarios te hace puro, sino la gracia de Dios. De pronto, la ley y la fe se opusieron. Pablo escribe al respecto en su epístola a los Gálatas: Hasta ahora la ley ha sido como un ayo, que es alguien que dice cuál es la dirección a seguir y que castiga si hay una transgresión. Pero ahora la fe es garante de la libertad en Cristo, y en Cristo no hay judío ni griego, no hay esclavo ni libre, no hay varón ni mujer. Un mensaje fuerte que primero había que digerir muy lentamente.

Pero se logró. Este es tal vez el mayor logro de la fe cristiana de todos los tiempos, que las primeras comunidades cristianas pudiesen fusionarse unas con otras. De los judeocristianos y los gentilcristianos salieron los cristianos, diferentes miembros en el mismo cuerpo. Y su Señor fue Jesucristo, al que imitaban. Solo así pudo lograrse la marcha triunfal del cristianismo en el curso de la historia mundial.

Dos pasos para adelante, uno para atrás

Pero también hubo retrocesos. Pedro mismo, el discípulo del Señor tan firme y acreditado, tuvo sus dificultades. En la misma epístola a los Gálatas, Pablo le escribe en su libreta una evaluación interesante: "Pero cuando vi que no andaban rectamente conforme a la verdad del evangelio, dije a Pedro delante de todos: Si tú, siendo judío, vives como los gentiles y no como judío, ¿por qué obligas a los gentiles a judaizar?" (Gálatas 2:14).

La problemática es clara: Mientras que el Apóstol Pedro (Cefas) estaba en Jerusalén, se comportaba como judío. Hacía lo que había hecho siempre. Seguía las leyes alimentarias, los hábitos y las costumbres de su entorno. Más adelante fue en la antigua Siria a Antioquía (hoy Turquía). Allí ya no había judíos, sino una comunidad gentilcristiana. Entonces adoptó las costumbres de la comunidad local y también comía con ellos, lo cual en realidad estaba prohibido a un judío devoto. Cuando después fueron judeocristianos de Jerusalén a Antioquía, Pedro se volvió a atener a ellos y dejó de lado a los gentilcristianos. El Apóstol Pablo lo amonesta por ello en su epístola a los Gálatas y lo acusa de hipocresía. Finalmente, era la fe en Cristo y no la ley mosaica el camino a la salvación. Pablo exige una confesión clara a la libertad de conciencia en Cristo.

Bien, pero Pedro no era un don nadie. Al fin y al cabo, se había ocupado de que los no judíos pudiesen tomar conocimiento del Evangelio del Señor. Fue a la casa del centurión Cornelio y tuvo que defenderse por ello frente a la comunidad de Jerusalén. Pero en Antioquía el mismo Pedro vuelve a recaer en el viejo modelo.

¿Cuál es nuestra comprensión hoy?

¿Y hoy? ¿Qué pasa en la actualidad? ¿Hemos aprendido como seres humanos de la historia o cuentan más la ortodoxia y el desdén a otras culturas que la gracia? Los cristianos deben aprender a entenderse entre ellos, como también a entender a los no cristianos. Esto se llama respeto y valoración. Cuando diferentes culturas y creencias chocan unas contra otras, se necesita una actitud cristiana básica que dice que Dios ama a todos los seres humanos. Y la fe en Cristo, el Redentor, en su retorno, une más allá de todas las diferencias.

Esto, y nada menos, predica el Espíritu Santo hoy en día en la Iglesia.



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Peter Johanning
6.08.2019
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