El salmista atraviesa una crisis, una de esas que pueden golpear a cualquiera. Está a punto de abandonarlo todo. Pero entonces descubre el camino para salir adelante, un camino que también está al alcance de cualquier persona.
“Dios es bueno con todos los que tienen buenas intenciones, los que tienen buena voluntad, los que de vez en cuando hacen algo bueno. Siempre ha sido así, ¿no?”. El Apóstol Mayor Helge Mutschler hace una pausa. “Sí, un momento. También hay muchos malvados que son muy felices y muchos buenos que son muy infelices. ¿Cómo encaja esto?”.
El Servicio Divino celebrado el 16 de agosto de 2026 en Hanau (Alemania) siguió las huellas de los pensamientos del salmista Asaf: “El salmista entra en crisis. Observa con detenimiento la realidad del mundo”. Y eso, en esencia, no ha cambiado hasta hoy. Así que ahora también surge la pregunta: “¿Ha sido en vano que siempre haya traído mi ofrenda, que haya servido y haya creído?”.
El punto de inflexión en el tercer intento
“Asaf nos sumerge en su crisis. Se plantea seriamente la posibilidad de tirarlo todo por la borda en ese mismo momento”. Pero entonces llega a tres conclusiones importantes:
- “Si me fuera ahora, tendría que abandonar a mis hermanos en la fe, a quienes he aprendido a apreciar y amar. Tampoco quiero eso”.
- “Los malvados acabarán mal. Bueno, el problema es que esa teoría tampoco es del todo cierta”. Además: “¿Es un consuelo decir: Sí, todos los impíos deberían acabar así? A mí no me parece un consuelo”.
- “Asaf llega a la tercera revelación: el punto de inflexión. Consigue, por un momento, no fijarse en los que están afuera, sino mirarse a sí mismo y mirar a Dios”.
Entonces el salmista se da cuenta: “¡No tenía ni idea de quién eras, Dios!”. Y pronuncia las palabras bíblicas en las que se basó el Servicio Divino: “Con todo, yo siempre estuve contigo; me tomaste de la mano derecha. Me has guiado según tu consejo, y después me recibirás en gloria” (Salmos 73:23-24).
Cómo Dios está cerca de las personas
“Este es el Dios que siempre está contigo y conmigo”, subrayó el dirigente de la Iglesia: “Jesucristo estuvo en la cruz y siempre estuvo junto al pecador. Siempre estuvo en medio del odio y la violencia. De hecho, estuvo incluso en la muerte”.
Y entonces el Apóstol Mayor se expresó de manera muy personal:
- “Te deseo, hermana, hermano, que experimentes a este Dios en los próximos tiempos, a este Dios que te toma de la mano derecha y nunca más te suelta… cuando todo se desmorona y se derrumba en la vida”.
- “Y te deseo que experimentes al Dios que te guía según su consejo, cuando no ves ningún camino, cuando te has quedado desorientado. Te deseo que, en tu oscuridad, veas su luz, cuando Él te llama desde lejos: Aquí, aquí está la luz, aquí, ven, aquí hay un camino para ti”.
- “Y te deseo que reconozcas al Dios que te recibe en gloria. Es un Dios que esta mañana te vuelve a decir en tu corazón: Eres tan digno de gloria para mí a mis ojos”.
“En eso creemos como cristianos nuevoapostólicos: que Jesucristo vendrá nuevamente”, continuó el máximo dirigente de la Iglesia: «Esperemos que muy, muy pronto; quizá hoy mismo. Entonces deseo para todos nosotros que podamos experimentar que es un Dios que nos recibe como nadie antes habría podido hacerlo”.
Transmitir la cercanía de Dios
“Podemos tomar esto como modelo a seguir”, instó el Apóstol Mayor, y citó algunos ejemplos:
- “Quizá la semana que viene se presente la oportunidad de que tú también estés junto a una persona de tu entorno, aunque todos los demás huyan”.
- “Quizá se presente la oportunidad de que, en algún momento, tomes de la mano derecha a un compañero de trabajo, de estudios o a un vecino o vecina, y le digas: Aunque seas tan solitario, quiero dedicarte un poco de mi tiempo y escucharte”.
- “Que se presente la ocasión de, tal vez, ofrecer una luz y señalar un camino al vecino, al compañero de trabajo, al prójimo, hacia donde pueda dirigirse”.
- “Ah, qué hermoso sería si, con la fuerza de Dios, fuéramos capaces de recibir al otro, en su singularidad, en sus problemas, en su alegría, en sus dones especiales, en su singularidad. Si fuéramos capaces de decir simplemente: “Tú, te acepto tal como eres, porque tú también has sido creado por Dios”.