Un saludo desde el espacio, una cita de la Biblia y una imagen de la Santa Cena: todos ellos narran, cada uno a su manera, en qué consiste la paz de Cristo.
¿Hay fans de Star Trek por aquí? Entonces seguro que ya están haciendo ese gesto con los dedos. “Larga vida y prosperidad” es la traducción oficial del icónico saludo de Spock: “Live long and prosper”. Para ello, el primer oficial de la nave espacial Enterprise levanta una mano: con el pulgar separado y un hueco en forma de V entre el dedo medio y el anular.
El actor Leonard Nimoy, intérprete de Spock, ya había visto este gesto de niño, en el Servicio Divino judío al que acudía con sus padres. Cuando se realiza con ambas manos, este gesto reafirma el Birkat Kohanim (“bendición sacerdotal”). Al hacerlo, se recita la bendición aaronita de Números 6:24-26 (“Jehová te bendiga, y te guarde…”). Y esta bendición termina con “shalom”.
Paz en todas las relaciones
“Shalom” significa paz, pero implica mucho más que la ausencia de conflictos. Esta palabra comprende tranquilidad, integridad, armonía, bienestar y perfección. En los casi 240 versículos del Antiguo Testamento, describe la relación correcta con Dios, con el prójimo y con la creación, y puede abarcar desde la serenidad interior hasta el orden social.
“Shalom” debió de ser la palabra elegida cuando Jesús resucitado se presentó en medio del círculo de los discípulos encerrados por miedo: “Paz a vosotros”. El Apóstol Pablo explica el verdadero significado de estas palabras en Efesios 2:14: Cristo mismo “es nuestra paz”. Y en Colosenses 3:15 exhorta: “Y la paz de Cristo gobierne en vuestros corazones, a la que asimismo fuisteis llamados en un solo cuerpo; y sed agradecidos”.
¿Quién tiene la última palabra?
La “paz de Cristo” es la reconciliación entre Dios y los seres humanos establecida por Jesús, así como la convivencia entre las personas que se fundamenta en ella. Como Dios hecho hombre, restablece la comunión entre Dios y el ser humano, une a las personas en su nombre y, con su ejemplo, les da apoyo y orientación.
Esta paz debe gobernar en los corazones. En este contexto, el corazón —en hebreo lev o levav, en griego kardia— abarca toda la vida interior del ser humano: los pensamientos y los sentimientos, la voluntad y el entendimiento. La paz debe impregnar por completo a los creyentes.
“Gobernar” es aquí la traducción de brabeuō. El término griego proviene del ámbito deportivo y designa la actividad del árbitro. Entendido literalmente, significa que la vida interior sigue siendo un escenario de conflictos, en el que los sentimientos y los pensamientos, los miedos y los deseos luchan entre sí. Pero la última palabra la tiene el árbitro.
Sin embargo, esto no se limita al interior de cada individuo: en “un solo cuerpo” es la imagen que utiliza el Apóstol Pablo para referirse a la comunión de los creyentes. Y él sabe muy bien que, incluso allí, los conflictos no faltan. La paz de Cristo debe actuar también como árbitro en la convivencia humana. “Porque él es nuestra paz”, continúa el versículo de Efesios 2:14: “que de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación, aboliendo en su carne las enemistades”.
Los creyentes fueron “llamados” a esta paz. No es algo que los individuos puedan alcanzar por sus propios medios. La paz de Cristo es un don de Dios a la comunidad y a la Iglesia, como parte de su destino común.
Con agradecimiento hacia el centro
Y, por último: agradecidos. El adjetivo griego eucháristos no se refiere a un arrebato emocional momentáneo, sino a una actitud fundamental. Los primeros cristianos adoptaron pronto el sustantivo relacionado eucharistía como denominación de la Santa Cena. Y así surge una imagen de la paz de Cristo.
Si Cristo fuera visible durante el festejo de la Santa Cena, todos los creyentes se dirigirían hacia Él como centro. Y cuanto más se acercaran las personas a Él, más se acercarían unas a otras. La distancia, el rechazo, el conflicto… nada de eso sería posible. Porque rompería el círculo que la paz de Cristo traza a su alrededor.
Sin embargo, por el momento esto sigue siendo una visión ideal. El “shalom” perfecto solo existirá en la nueva creación, donde “no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor» (Apocalipsis 21:4).
Y entonces podremos saludarnos diciendo: “¡Vida eterna y bienestar!”. 🖖
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