La comunión es diversidad. Y la unidad no significa uniformidad. Sin embargo, a veces las diferencias también separan. Qué ayuda en esos casos: tercera parte de la entrevista con el Apóstol Mayor.
¿Cómo ve a la comunidad del futuro?
La comunidad del futuro, para mí, no es una cuestión de tamaño o de estructura. Es una cuestión de cercanía. Deseo comunidades en las que haya espacio para la asistencia espiritual, donde no solo nos veamos, sino que realmente nos prestemos atención unos a otros. Donde las personas puedan venir tal como son, con sus preguntas, con sus heridas, y aun así saber: “Aquí está mi lugar”. Donde haya cercanía, confianza, vínculos y amor. Porque eso es, en definitiva, el cielo, y para el cielo nos estamos preparando.
Me gusta imaginarlo como una mesa en la que hay lugar para todos. Y todos significa realmente todos: los grandes y los pequeños, los fuertes y los débiles, los activos y los inactivos, los que ya llevan mucho tiempo aquí y los que aún están por llegar. Y esta mesa no es mía. Yo no invito a nadie. Yo mismo estoy sentado aquí porque alguien me invitó.
¿Qué es la Iglesia para usted?
La Iglesia es el lugar donde Cristo es el centro, donde Cristo obra. Donde Él está en el centro, allí está la Iglesia, aunque solo sean dos o tres. Donde Él no es el centro, allí no hay Iglesia, aunque haya mil personas.
¿En qué aspectos la Iglesia necesita continuidad?
La perseverancia no significa que todo permanezca como estaba. Perseverar significa que lo esencial permanece: la doctrina de los Apóstoles, la comunión unos con otros, el partimiento del pan y las oraciones. Recordar esto es tarea del apostolado. Hacerlo posible, es tarea de la Iglesia. Y vivirlo es tarea de todo aquel que sigue a Cristo.
¿Y en qué aspectos debería la Iglesia explorar nuevos caminos?
Nunca debemos olvidar nuestros orígenes. A menudo hablo de lo importante que es para mí la asistencia espiritual. De allí proviene nuestra Iglesia, pero para mí también es el futuro. Quizás en algunos temas se necesiten nuevos caminos, en otros, un retorno a lo que ya nos ha llevado tan lejos. Pero para todo eso podemos sacar provecho de la gran riqueza de nuestra diversidad: la diversidad de culturas, la diversidad de experiencias, la diversidad de formas de acercarse a la fe. Y con esto vuelvo al punto de partida. Esa diversidad es nuestra riqueza, siempre y cuando no nos separe.
¿En qué aspectos a usted mismo le cuesta tolerar las diferencias?
No son las diferencias en sí. Una tradición diferente, una cultura diferente, una forma diferente de hacer preguntas: eso lo tolero bien. La mayoría de las veces incluso aprendo de ello. Lo que me resulta difícil son aquellos que se colocan a sí mismos en el centro. Los que siempre deben tener la razón. Los que no aceptan ninguna opinión que no sea la suya. Los que hablan para que los escuchen, y no porque tengan algo que decir. Y a propósito de ello, digo: eso no es diversidad. Es todo lo contrario.
Más bien, el propósito debería ser que, con humildad, cada uno considere a los demás superiores a sí mismo. Esa es la frase de la que depende todo. Quien sea capaz de eso, ya no tendrá que soportar al otro. Podrá aprender de él y le dará espacio. Esto también se aplica, y especialmente, a mí.
¿Dónde experimenta usted hoy, en la Iglesia a lo largo del mundo, ese cielo del que hablaba antes?
Primero debemos aclarar qué se entiende por cielo. No me refiero necesariamente a un lugar. Me refiero a una relación. A la cercanía, la confianza, el amor. Eso es el cielo. Y ya lo experimento ahora mismo.
Lo experimento en la sacristía. Allí me siento con portadores de ministerio a quienes veo por primera vez. Venimos de diferentes países, hablamos diferentes idiomas, tenemos vidas completamente distintas. Y entonces siento que amamos al mismo Señor y esperamos lo mismo. No hace falta que nadie diga nada al respecto. Simplemente está allí.
Vivo ese cielo en el Servicio Divino, cuando miro los rostros. Personas totalmente desconocidas, no sé el nombre de ninguna. Y, sin embargo, pienso: “Estos son mis hermanos y hermanas”. No nos conocemos. Pero nos conocemos de corazón y desde hace mucho tiempo.
Ese es el cielo del que hablo. No está solo al final. Comienza aquí.
Foto: Jens Lange