Un llamado rompe el silencio de la tumba. Una luz en el camino hacia la cruz. Agua, pan y vino como signos de la cercanía divina. Los domingos de marzo acompañan a Jesús en sus últimas semanas.
El llamado a la vida
En el primer Servicio Divino dominical, la resurrección de Lázaro ocupa un lugar central. Este amigo de Jesús está gravemente enfermo. Sus hermanas envían un llamado de ayuda al Señor, que se encuentra de viaje. Pero Jesús llega demasiado tarde, cuatro días después del entierro. Lágrimas, lamentos, desesperación… Jesús también está profundamente afectado. Entonces clama a gran voz: “¡Ven fuera!”. Y Lázaro sale de su tumba.
El llamado de Jesús sigue válido hoy, tanto para los vivos como para los muertos. Es un llamado a seguirlo: orientarse hacia Jesús, dejar atrás el rencor y la amargura, y entrar en la comunión de los cristianos. Porque la Iglesia de Cristo concierne a la comunión de vivos y muertos, ambos pueden alcanzar la salvación y la vida eterna.
Luz en el camino hacia la cruz
El segundo domingo se centra en la transfiguración de Cristo. Dios reconoce a su Hijo no solo en su Bautismo, sino también cuando se acerca su fin. Dios aparece como una nube de luz: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia”. Para los testigos oculares Pedro, Juan y Jacobo está claro: Jesús es el Mesías, tiene autoridad divina.
Hoy, Dios se manifiesta a través de los Sacramentos del Bautismo y el Santo Sellamiento. Quien quiera agradar a Dios, debe tomar a Cristo como ejemplo: dar la espalda al mal y al pecado, dejar que reine el amor, permanecer fiel y guiarse por su palabra.
Agua, gracia, seguimiento
El tercer domingo de marzo, el lavado de pies de los discípulos ocupa un lugar central. Jesús hace ahora lo que normalmente hacen los esclavos. Con ello deja claro que solo aquellos a quienes Él ha purificado pueden ser salvos. Solo Él decide lo que es necesario para la salvación: el renacimiento de agua y del Espíritu, hacer la voluntad de Dios, el perdón de los pecados y la Santa Cena.
El obrar de Dios no siempre es fácil de comprender. Sin embargo, es importante confiar en Él y en su amor, su justicia y su poder. Con el ejemplo de Jesús ante nuestros ojos, todos podemos hacer el bien a nuestro prójimo.
Pan de vida, cáliz de salvación
El cuarto Servicio Divino dominical se centra en la Santa Cena. Poco antes de su muerte en la cruz, Jesús está con sus discípulos. Celebra con ellos la Pascua e instituye el Sacramento. El pan y el vino simbolizan el cuerpo y la sangre de Cristo. Y así, la Santa Cena simboliza la liberación del pecado y de la muerte.
En la Santa Cena, Jesús viene a nuestro encuentro de manera muy personal y nos da sostén, fuerza y consuelo. Es una confesión de fe en Él y en su retorno, así como la recordación de su muerte. Pero también es una esperanza viva en la comunión eterna.
Jesús trae vida, a pesar de la cruz y el sufrimiento
El último domingo del mes centra la atención en la entrada de Jesús en Jerusalén. Una muchedumbre pone hojas de palma a sus pies, algunos lo aclaman con gritos de “hosanna” y los discípulos de Jesús tienden sus mantos en el suelo delante de Él. Cuentan sus experiencias y vivencias con Él: es el Rey prometido y el Mesías. Poco después, es burlado en la cruz.
Hoy, Jesús viene a los seres humanos en la palabra y los Sacramentos. Y las personas alaban y sirven a Dios aportando sus talentos y dones, o dando gracias por la experiencia de Dios en su vida. Porque incluso en el sufrimiento y la muerte, Jesús sigue siendo el Rey de la vida, de la vida eterna.
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