En el cielo, nadie recibe más que los demás solo por ejercer un ministerio. La comunión eterna con Cristo es lo más elevado que un ser humano puede alcanzar, según el Apóstol Mayor Jean-Luc Schneider.
El sábado 24 de enero de 2026, el Apóstol Mayor Jean-Luc Schneider celebró un Servicio Divino solo para portadores de ministerio en la Iglesia Nueva Apostólica de Panamá Balmoral. Ante Apóstoles y otros portadores de ministerio del área de actividad de habla hispana del Apóstol de Distrito Schnabel, leyó 1 Pedro 5:1-3. En este texto bíblico, el Apóstol Pedro exhorta a los dirigentes de la comunidad a apacentar la grey de Dios: de forma voluntaria, desinteresada y como ejemplos a seguir.
El Apóstol Mayor comenzó dando las gracias a los presentes. Es una tradición comenzar así, dijo, pero es más que un simple ritual. Los Apóstoles no pueden cumplir su misión por sí solos. “Estamos realmente muy agradecidos por vuestra ayuda, vuestras oraciones y vuestro trabajo”, expresó el Apóstol Mayor. Al mismo tiempo, sin embargo, el Servicio Divino también tiene como objetivo transmitir los pensamientos de Dios. Cristo lo ve todo, incluso aquello que los seres humanos no pueden ver, y desea bendecir a sus siervos y su trabajo.
Servir también implica padecer
El texto de la prédica recordaba que los discípulos de Cristo también participaban de su padecimiento. El Apóstol Mayor describió en qué consistía ese padecimiento: Jesús había experimentado la ingratitud, por ejemplo, cuando las personas sanadas ni siquiera le daban las gracias. Había sido criticado, especialmente por los fariseos, e incluso su propia familia lo había malinterpretado. “Ha perdido la razón. Se ha vuelto loco”, habrían dicho sus familiares sobre Él. Jesús también experimentó el fracaso. Lloró por Jerusalén porque la gente no había aceptado su mensaje. Más tarde, sus amigos se alejaron de Él o lo traicionaron. Finalmente, padeció físicamente y tuvo que morir en la cruz. Al final, incluso tuvo la sensación de haber sido abandonado por Dios.
Estas experiencias, según el Apóstol Mayor Schneider, no son ajenas a muchos siervos de Dios. También hoy deben enfrentarse con la ingratitud. A menudo, su entrega se da por sentada, mientras que los errores se critican de inmediato. A veces falta incluso la comprensión en la propia familia. “Sabéis de qué estoy hablando”, añadió.
Padecimiento y, no obstante, esperanza
Los fracasos también forman parte de ello. A pesar de los grandes esfuerzos, el número de miembros no siempre crece. A veces, compañeros de camino de muchos años abandonan la Iglesia, e incluso en el entorno familiar se puede perder la fe. Todo eso puede doler. Pero tales experiencias no significan que Dios haya abandonado a un siervo. Quien sigue a Cristo, vive algo similar a lo que Él mismo vivió. Lo decisivo es la promesa que también menciona Pedro: Quien participe en los padecimientos de Cristo, también participará en su gloria.
Al respecto, el Apóstol Mayor Schneider relativizó el propio padecimiento. Los cristianos padecían, sí, pero no en la misma medida que Cristo. Nadie tuvo que ir a la cruz. No obstante, Cristo prometió compartir su gloria. “Si padeces por causa de Cristo, participarás en su gloria”, afirmó el Apóstol Mayor.
Por qué servimos
Además del padecimiento, el seguimiento a Cristo tiene que ver también con la actitud interior. Los siervos deben trabajar con el mismo sentir que Cristo. La base es la fe en el propio llamamiento. Jesús sabía que había sido enviado por el Padre. Del mismo modo, los portadores de ministerio pueden estar seguros de que Cristo los ha llamado. El servicio no se realiza por obligación. “Servimos al Señor, no porque debamos, sino porque queremos”, subrayó. Quien se sienta obligado, debe hablar abiertamente de ello. El servir debe ser una decisión libre.
El Apóstol Mayor también abordó los motivos equivocados. No se sirve por dinero, honor o poder. Sin embargo, tales pensamientos pueden surgir, por ejemplo, cuando falta el reconocimiento. Entonces hay que recordar que el servir se realiza por amor.
En el cielo no hay puntos extra
El Apóstol Mayor rechaza otro malentendido: nadie recibe en el cielo más que otros solo por ejercer un ministerio. “No se puede obtener más que la vida eterna”, resumió. La comunión eterna con Cristo es lo máximo que un ser humano puede recibir.
Algunos interpretaban la parábola de las diez minas como una indicación de recompensas diferentes. Pero, en realidad, enseña que Dios da mucho más de lo que los seres humanos podrían lograr. Por eso tampoco existe un mayor “mérito” de un Apóstol Mayor frente a una hermana o un hermano de la comunidad. Dios da a cada uno una tarea –y, al mismo tiempo, la fuerza para cumplirla–. Por eso, el compromiso y el esfuerzo son comparables, en última instancia.
Servir, no intimidar
Finalmente, el Apóstol Mayor se centró en el ejercicio práctico del ministerio. Jesús poseía gran autoridad, pero no obligó a nadie a creer. “Nosotros no obligamos”, explicó el Apóstol Mayor Schneider. Las amenazas o la presión no son el camino de Cristo.
La misión consiste en anunciar la voluntad de Dios: aquello que las personas deben saber para su salvación. Las experiencias personales o los consejos pueden ser útiles, pero no tienen la misma autoridad que el Evangelio. Como pastores, los siervos deben velar por que cada alma reciba lo que necesita para su salvación, independientemente de si recibe aprobación o críticas.
Ser un ejemplo: no perfectos, pero sinceros
Para concluir, el Apóstol Mayor se centró en la función de ejemplo de los siervos. No se espera la perfección. Lo importante es la honestidad y la sinceridad. Precisamente en situaciones difíciles, los siervos pueden mostrar cómo se vive en la práctica la confianza en Dios. “Seamos un ejemplo en el amor y en el perdón”, pidió con insistencia. El perdón, la humildad y el amor son decisivos. Al final, Dios no preguntará cuántas comunidades se han fundado o cuántas personas se han ganado. Lo decisivo es otra pregunta: si una persona ha hecho lo que Dios esperaba de ella. Quien cumpla su voluntad, entrará en su reino.
















