“No temas, ¡solo cree!”. El lema del año 2026 nos invita a confiar en Dios: el Apóstol de Distrito Elie Mukinda (República Democrática del Congo Oeste) nos muestra lo sencillo que puede ser.
Confiar es una elección que tomamos constantemente cada día. La confianza implica entregarnos a la buena voluntad, las capacidades y la credibilidad de otra persona. Incluso en las sencillas actividades cotidianas, la confianza sigue siendo un recurso importante. De lo contrario, la vida sería extremadamente estresante.
Por ejemplo, nadie subiría a un avión preguntándole al piloto a qué universidad fue, cuántos vuelos supervisados ha realizado o incluso cuántos vuelos sin supervisión ha pilotado. No, simplemente subimos al avión con la seguridad de que llegaremos. Eso es confianza.
Instintivamente, hemos aprendido a confiar en la meteorología, en la bolsa de comercio, en los bancos, en las predicciones científicas y en los gobiernos. Y, sin embargo, de vez en cuando ocurre que alguna de estas fuentes no es fiable al 100 %, porque sus previsiones no se han cumplido como se esperaba. No obstante, nuestra confianza en la experiencia de estas fuentes rara vez se ve sacudida y, por lo general, incluso nos inclinamos a entender su falibilidad.
Por el contrario, Dios es infalible en su amor, su bondad, su conocimiento y su omnipotencia. Sus promesas y su palabra son siempre ciertas y dignas de confianza. “Dios es digno de confianza” es un principio fundamental de nuestra fe, sutilmente entretejido a lo largo de la Sagrada Escritura y de nuestra vida.
Cuando confiamos en Él, llegamos al punto en el que nos damos cuenta de que no tenemos respuestas a todas nuestras preguntas, pero seguimos adelante. No necesariamente lo entendemos ni lo sabemos todo, pero seguimos adelante. Porque conocemos a Aquel que tiene todas las respuestas y nos entregamos a Él. Esto es la confianza, una dimensión importante de la fe.
Un buen ejemplo es el de Abraham, el padre de la fe. Supongamos que, en algún momento después de abandonar la tierra de su padre, le hubieran preguntado: “¿Adónde vas, Abraham?”. Habría respondido: “No lo sé, pero sigo adelante porque conozco a Aquel que lo sabe y sé que llegaré”. Del mismo modo, mientras Abraham viajaba con Isaac hacia Moriah para ofrecer el sacrificio, Isaac le preguntó: “¿Dónde está el cordero para el holocausto?”. La respuesta de Abraham fue: “Dios proveerá”, lo que significa: “No lo sé, pero conozco a Aquel que lo sabe: Dios. Él proveerá”.
En definitiva, independientemente de las circunstancias externas y naturales, quienes confían en Dios experimentan una vida de paz, serenidad y alegría constante que se deriva de esa sensación de seguridad. La Sagrada Escritura utiliza varias imágenes para ilustrarlo; a veces se los compara con un árbol plantado junto a las aguas (Jeremías 17:7-8), otras veces con un monte (Salmos 125:1). Otra alegoría llamativa es la descrita por Isaías: “… los que esperan a Jehová tendrán nuevas fuerzas; levantarán alas como las águilas; correrán, y no se cansarán; caminarán, y no se fatigarán” (Isaías 40:31). La confianza en Dios hace que sus fuerzas sean inagotables, ya sea volando, corriendo o caminando.