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En foco 11/2026: Lo que cuentan dos monedas pequeñas

septiembre 1, 2026

Autor: Arnaud Martig

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Dios da primero: de esta experiencia surgen la confianza y la gratitud. El Apóstol de Distrito Arnaud Martig (Canadá) relaciona el lema anual de 2026 con reflexiones sobre el Día de Agradecimiento.

“No temas, ¡solo cree!” (Marcos 5:36). Jairo escuchó estas palabras mientras se encontraba entre el miedo y la fe. Lo que más temía parecía haberse hecho realidad, pero Jesús lo invitó a seguir confiando en Él. Sus circunstancias le daban todas las razones para tener miedo; Jesús lo llamó a aferrarse a la fe.

Quizás sea aquí donde también comienza el agradecimiento: en la confianza.

Es fácil expresar nuestro agradecimiento cuando podemos ver claramente la bendición en nuestra vida. Pero el agradecimiento va más allá del simple hecho de contar las cosas que han salido bien. Comienza al experimentar que, sean cuales sean nuestras circunstancias, Dios está a nuestro lado. En Jesucristo, Él nos ha dado lo que nunca hubiéramos podido merecer ni conseguir por nosotros mismos. En la cruz, Cristo ya ha cumplido lo que ninguno de nuestros sacrificios jamás podría cumplir. Dios nos ama incluso antes de que le aportemos algo.

Eso cambia la forma en que pensamos sobre la ofrenda.

No damos para merecer el favor de Dios ni para demostrar nuestra fe. Y Dios no necesita nada de nosotros a cambio. Más bien, cuando reflexionamos sobre lo que hemos recibido de Él, nuestro agradecimiento busca naturalmente una forma de expresarse.

Esto es lo esencial de la ofrenda. El Catecismo describe la ofrenda como una forma de adorar a Dios, de darle las gracias y de someternos a Él (cf. Catecismo INA 13.2). Significa reconocer lo que Dios nos ha confiado y ofrecerle algo de nosotros mismos en señal de gratitud. Nuestra ofrenda económica es una expresión de ese sacrificio.

La Sagrada Escritura ha relacionado desde hace mucho tiempo el dar con la confianza en Dios. Las primicias de los primeros frutos se llevaban a Dios no porque Él las necesitara, sino porque su pueblo reconocía de dónde provenía su bendición (cf. Éxodo 23:19). Jesús también habló de la ofrenda, pero siempre mirando más allá de la cantidad, hacia el corazón de quien da.

Lo vemos en la viuda que trajo dos monedas pequeñas (Lucas 21:1-4). Su ofrenda fácilmente podría haber pasado desapercibida. Pero Jesús la vio. No solo vio lo que ella daba, sino el corazón con el que lo hizo.

Nuestra ofrenda es una forma de expresar nuestra gratitud a Dios. El Catecismo nos recuerda que “en un sentido amplio, una ofrenda que pueden traer los creyentes es la entrega del propio corazón” (cf. Catecismo INA 13.2.3). De esta manera, nuestra gratitud también puede dar forma a cómo nos entregamos: nuestro tiempo, nuestras habilidades, nuestra atención, nuestro cuidado. Puede ser un aliento para alguien que está pasando por dificultades, una comida para alguien que está solo, paciencia dentro de nuestra familia, un perdón que nos ha costado ofrecer, o simplemente nuestra presencia cuando alguien nos necesita.

Nada de esto parece extraordinario. Tampoco lo eran las dos monedas pequeñas.

El Día de Agradecimiento nos invita a cada uno de nosotros a reflexionar sobre nuestra propia respuesta a todo lo que Dios nos ha dado. ¿Qué puedo ofrecerle a Él en señal de gratitud? ¿Cómo puede esa gratitud manifestarse en mi forma de vivir, de dar y de servir?

Nuestros hijos pueden aprender una hermosa lección al vernos vivir así. Aprenden que el agradecimiento va más allá de las palabras, y que la confianza en Dios no se limita a profesar la fe. Ven que los dones que Dios nos ha dado no son solo para nosotros. Y ven cómo la fe puede moldear la manera en que usamos nuestro tiempo, cómo tratamos a las personas, cómo servimos, cómo compartimos y cómo vivimos.

Esto, después de todo, es parte de la misión de nuestra Iglesia: cultivar una estrecha comunión en la cual cada uno experimente el amor de Dios y la alegría de servir a Él y a los demás.

septiembre 1, 2026

Autor: Arnaud Martig

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