La resurrección de Jesús es más que una victoria sobre la muerte: revela el plan de Dios de transformar al ser humano para la comunión eterna con Él.
“La Pascua es la fiesta de la omnipotencia de Dios”, así introdujo el Apóstol Mayor Jean-Luc Schneider el Servicio Divino del Domingo de Pascua, 5 de abril de 2026, en Metz (Francia). Se refería al texto bíblico en el que se basó la prédica, tomado de 2 Corintios 4:14: “Sabiendo que el que resucitó al Señor Jesús, a nosotros también nos resucitará con Jesús, y nos presentará juntamente con vosotros”.
La resurrección: señal del poder divino
Al resucitar a Jesús de entre los muertos, Dios confirmó…
- “… que Jesús era el Mesías, el Hijo de Dios, a quien había enviado a la tierra” y “que su mensaje era verdadero”.
- “… que Dios era todopoderoso”. Ni el poder político, ni el militar, ni el religioso, ni la sociedad, ni los guardias, ni la piedra del sepulcro, “nada pudo impedir la resurrección de Jesucristo”.
- “… que la resurrección era una revelación divina”, que dejaba claro en qué consistía la salvación. Dios no solo quería liberar del sufrimiento y la muerte, sino “transformar radicalmente. Quiero daros una nueva naturaleza, la naturaleza divina, capaz de vivir en su reino en comunión eterna con Dios”.
De lo oculto al anuncio
Jesús se presentó a los discípulos como el Resucitado, lo que los “transformó profundamente”. Al principio temerosos, débiles y en lo oculto, luego, con “la recepción del Espíritu Santo”, salieron y “comenzaron a predicar la resurrección, a anunciar a Jesucristo, su salvación y su mensaje”. La resistencia fue la misma —política, militar, religión, sociedad—, pero en los discípulos vivía el poder del Resucitado.
Esta fe en la resurrección también dio a los primeros cristianos, que ya no se habían encontrado verdaderamente con Jesús, “una fuerza increíble”. “Empezando por el Apóstol Pablo” —perseguido, golpeado, débil, enfermo, frágil— “¡pero con qué fuerza!”. La fe en la resurrección hizo posible que él difundiera “el Evangelio por todo el Mediterráneo”. Según Pablo, la primera comunidad de Corinto estaba formada por gente sencilla, poco instruida, pocos ricos. “¡Pero qué energía!”, exclamó el Apóstol Mayor, “ellos anunciaban a Cristo, la resurrección, el mensaje del Evangelio”.
Fuertes gracias a la resurrección
“¿Y hoy?”, preguntó el dirigente de la Iglesia. Dos mil años después, sigue obrando la misma fuerza de la resurrección. Aunque los Apóstoles de hoy y la Iglesia puedan parecer débiles e imperfectos, “nadie puede impedir que Dios dé el siguiente paso, la Primera Resurrección”.
La fe en la resurrección “nos da fuerza, nos hace poderosos, nos da una energía que el mundo no puede comprender”. Porque nos da:
- certeza: “Sé adonde voy”. El plan de Dios es conocido y confiamos en él.
- serenidad: “Aunque hoy todo parezca ir mal, sé que Jesús me ama” y que desea la salvación para todos.
- esperanza: La gloria que Dios tiene preparada es tan grande y maravillosa que “nadie volverá a pensar en los sufrimientos que ha vivido en esta tierra”.
- motivación: “Él nos motiva a actuar”. Hay que desprenderse de todo lo que nos aleja de Cristo.
- unidad: A pesar de toda la diversidad y las diferencias, la fe en la resurrección da fuerza y poder para superar las divisiones. “Esto es lo que nos une”. Y cuanto más fuerte sea esta fe, más firme será la unidad.
La misma recompensa para todos
En sus epístolas, Pablo brinda indicaciones sobre la Primera Resurrección. “Él explica que los muertos y los vivos resucitarán al mismo tiempo”, señaló el Apóstol Mayor Jean-Luc Schneider. Porque los muertos, al morir, no van al cielo con Jesús, sino al más allá.
Además, Pablo “resucitará con vosotros y apareceremos juntos ante Cristo”. No quiere diferencias, sino “nada más que lo que Jesús da a los demás creyentes de la comunidad”. Dios quiere dar lo mismo al primero y al último, pues nadie puede ganarse la gracia y la salvación.
Dios es justo. Él “da a cada uno la fuerza que necesita para hacer lo que le pide”. Al enfermo, la fuerza para llevar su cruz; al portador de ministerio, la fuerza para cumplir su encargo. Exige de cada uno que saque lo mejor de lo que le ha dado. “Y dará a todos la misma recompensa que Jesús se ha ganado y que ninguno de nosotros puede merecer”.
Sí o no en el salón de las bodas
“No hay primera ni segunda clase en el salón de las bodas. Se trata de un sí o un no”, subrayó el Apóstol Mayor, refiriéndose a la falsa modestia de algunos que se conforman incluso “con el último lugar en la última silla del salón de las bodas”. “Dios espera de nosotros que creamos en la resurrección y hagamos todo lo posible por demostrar nuestro amor al Señor, nuestro deseo de estar con Él”.
Cuando el Señor venga, “nos encontraremos con el Resucitado y veremos a Jesús tal como es”. Este encuentro “nos transformará profundamente. Tendremos un nuevo cuerpo, una nueva naturaleza, una nueva fuerza, un nuevo poder”. Así, “volveremos a la tierra y anunciaremos el mensaje de Cristo a todos los seres humanos, aquí abajo y en el otro mundo”.
“Todos los que crean en la resurrección la experimentarán y podrán servir a Cristo por toda la eternidad”, afirmó el Apóstol Mayor para concluir. “Este es tu futuro”.










