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La gloria que se puede saborear 

16 01 2026

Autor: Andreas Rother

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Aparece el Salvador del mundo y casi nadie se dio cuenta. Lo único que se preguntaban los invitados era por qué el vino de repente sabía tan bien. Un acontecimiento lleno de significado. 

Era un día feliz y todos se estaban divirtiendo. Entonces, de repente, se acabó el vino. ¿En serio? Es algo que puede pasar cuando una boda dura siete días y cada día llegan nuevos invitados a la celebración. Aun así, fue una situación incómoda. 

Una madre, también invitada, codeó a su hijo. Pero Él dijo: “Mi hora aún no ha llegado”. Entonces, Él les dio mucho trabajo a los camareros: les pidió que colocaran agua, entre 500 y 700 litros, en jarras de piedra que normalmente se utilizaban para los rituales de purificación según la costumbre judía. Las llenaron hasta el tope. Entró agua y salió en forma de vino.  

No simplemente cualquier vino: el mejor vino de toda la fiesta, para gran sorpresa del sommelier. El Evangelista Juan, sin embargo, a quien le gusta estructurar sus relatos de manera que los acontecimientos vayan creciendo hasta alcanzar un punto álgido, destaca un milagro diferente en esta historia: “Este principio de señales hizo Jesús en Caná de Galilea, y manifestó su gloria”. 

Pero, un momento, ¿qué señal? ¿Y, qué gloria? 

Mucho más que el vino 

“Y Jehová de los ejércitos hará en este monte a todos los pueblos banquete de majares suculentos, banquete de vinos refinados”, dice en el Apocalipsis de Isaías. “Destruirá a la muerte para siempre. Y enjugará Jehová el Señor toda lágrima de todos los rostros”. 

El hecho de que Jesús ofreciera el mejor vino a los invitados fue una señal clara: “Yo soy el Mesías, el Salvador de la humanidad. Conmigo comienza una nueva era”. 

¿Y la gloria? También hay más sobre eso. 

Cuando la Biblia habla de gloria 

Cuando Juan habla de gloria, no se refiere al esplendor o a la magnificencia. La palabra griega doxa se refiere más bien a la revelación de la realidad divina. Retoma un antiguo término bíblico: el hebreo kabod: la presencia efectiva y tangible de Dios. 

Esta gloria no se muestra solo una vez. Se extiende a lo largo de la Biblia en imágenes siempre nuevas. 

La nube: Dios está cerca. En el templo de Salomón, sobre el tabernáculo, o como columna en el desierto de Sinaí, demostró la presencia de Dios, es decir, su esencia, su nombre. “Yo soy el que soy”, le dice a Moisés desde la zarza ardiente. Incluso hoy en día, Dios se puede experimentar de forma tangible: al escuchar, al permitir que los demás sientan nuestro amor, al caminar junto a Él, y al permitir que Él nos lleve.   

El vino: Dios transforma. El agua se convirtió en vino. No hubo redoble de tambores, solo una señal silenciosa. La gloria de Jesús no se revela en un espectáculo externo, sino en una transformación silenciosa y constante: la falta se convierte en abundancia, lo viejo se renueva, y lo quebrantado se sana.

La cruz: Dios ama hasta el final. “Padre, la hora ha llegado; glorifica a tu Hijo”, dijo Jesús en su oración de despedida. La revelación de Dios alcanza su punto culminante en un amor que se entrega libremente, con todas sus implicancias. En ningún otro lugar es más evidente su esencia: hecha tangible para toda la eternidad.  

La ciudad de luz: Dios la completa. La ciudad no tiene necesidad de sol ni de luna “porque la gloria de Dios la ilumina”. Esta es la Nueva Jerusalén: la nueva creación, la gloria eterna. Aquí, Dios morará con los seres humanos y todo estará completo. Porque “Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor”.  

Esta gloria es el centro de cada Servicio Divino cuando la comunidad ora al final del Padre Nuestro: “Porque tuyo es el reino, y el poder, y la gloria, por todos los siglos”. Esta doxología es más que una profesión de fe; es una petición: “Dios, permítenos vivir conforme a lo que es importante para ti, sostenidos por tu poder y rodeados de tu presencia”. 


Foto: Eli – stock.adobe.com

16 01 2026

Autor: Andreas Rother

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