La noche antes de su muerte, Jesús instituye una cena que los cristianos siguen celebrando hasta hoy: una cena oculta que une el pasado, el presente y el futuro en el reino de Dios.
La noche en que todo comenzó
Es de noche en Jerusalén. Jesús está sentado con sus discípulos celebrando la cena. El ambiente es tenso. Jesús sabe lo que los demás aún no comprenden: su arresto es inminente. La traición está en el aire. El camino hacia la cruz ya no se puede detener. En medio de esta situación ocurre algo sorprendente. Jesús toma el pan, da gracias, lo parte y lo da a los discípulos. “Tomad, comed; esto es mi cuerpo” (Mateo 26:26). Luego toma la copa y dice: “Esta es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados” (Mateo 26:28).
Así, en la noche anterior a su pasión, Jesús instituye la Santa Cena. El Apóstol Pablo transmite esta institución, que más tarde se convierte en una tradición firme de la Iglesia primitiva: “El Señor Jesús, la noche que fue entregado, tomó pan…” (1 Corintios 11:23). Es probable que, en ese momento, los discípulos comprendieran muy poco de la profundidad de estas palabras. Sin embargo, la Iglesia las ha conservado y transmitido hasta hoy. Porque con esta cena, Jesús une el pasado, el presente y el futuro: el sacrificio en la cruz, la comunión de los creyentes de hoy y la esperanza en el reino venidero de Dios.
De la cena de Pascua al nuevo pacto
La cena que Jesús celebra con sus discípulos no es una comida cualquiera. Es la cena de Pascua, la gran fiesta conmemorativa de Israel. Esta fiesta conmemora la liberación de la esclavitud en Egipto, cuando Dios salvó a su pueblo mediante la sangre del cordero pascual (Éxodo 12:1-14). Cuando las familias judías celebran esta cena, relatan una y otra vez la historia de la salvación (Éxodo 12:26-27).
En este contexto, las palabras de Jesús adquieren un significado especial. Al referirse a sí mismo con el pan y el vino, muestra que la acción salvífica de Dios alcanza ahora una nueva dimensión. La liberación de Egipto se convierte en imagen de una liberación aún mayor: la redención del pecado y de la muerte. Por eso, el Nuevo Testamento describe a Jesús como el verdadero Cordero pascual. “Nuestra pascua, que es Cristo, ya fue sacrificada por nosotros” (1 Corintios 5:7). Ya Juan el Bautista había señalado hacia Él: “He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29). Así, la Santa Cena se inscribe en una larga historia de la salvación de Dios con los seres humanos. Lo que comenzó en el antiguo pacto con la Pascua encuentra su cumplimiento en Cristo. El pan y el vino se convierten en signos del nuevo pacto que Dios establece con los seres humanos. Al mismo tiempo, Cristo mismo se encuentra con los creyentes en la Santa Cena (Catecismo INA 8.2.2; 8.2.4).
La institución a la sombra de la cruz
Mientras que la cena pascual recuerda la salvación de Dios en el pasado, la cena de Jesús se convierte al mismo tiempo en un signo de lo que sucederá a través de su sufrimiento y muerte. La institución de la Santa Cena no tiene lugar en una situación tranquila y solemne, sino a la sombra del sufrimiento inminente. Mientras Jesús está sentado a la mesa con sus discípulos, ya anuncia la traición: “Uno de vosotros me va a entregar” (Mateo 26:21). El miedo y la incertidumbre se ciernen sobre la comunión. Precisamente en esta situación, Jesús da a sus discípulos algo perdurable: les da una cena que deben celebrar una y otra vez (Lucas 22:19).
Esta cena se convierte en el legado perdurable de Jesús a su Iglesia. En ella, la comunidad no solo recuerda los acontecimientos de la pasión. Al mismo tiempo, confiesa que la muerte de Jesús en la cruz es el acontecimiento salvífico decisivo. El Apóstol Pablo resume este significado en una frase: “Así, pues, todas las veces que comiereis este pan, y bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que él venga” (1 Corintios 11:26). Palabras que aún hoy se escuchan en la consagración de la Santa Cena. Por lo tanto, la Santa Cena une el recuerdo y la espera. Remite al pasado, al sacrificio de Cristo, y al mismo tiempo al futuro, a su retorno (Catecismo INA 8.2.5; 8.2.6).
El Sacramento instituido por Cristo
La Santa Cena ocupa un lugar único en la Iglesia. Es el Sacramento que Jesucristo mismo instituyó y cuya celebración encargó expresamente a sus discípulos. Cuando la comunidad celebra la Santa Cena, no solo recibe el pan y el vino como signos externos. Según el testimonio de la Escritura, Cristo mismo está presente. Pablo habla de la “comunión del cuerpo de Cristo” y de la “comunión de la sangre de Cristo” (1 Corintios 10:16).
En la Santa Cena, el cuerpo y la sangre de Cristo están realmente presentes (Catecismo INA 8.2.12). Al mismo tiempo, el Catecismo explica el significado de la Santa Cena en cuatro dimensiones: es una cena de conmemoración, una cena de confesión, una cena de comunión y una cena del tiempo final (Catecismo INA 8.2.8-8.2.11).
El Sacramento está estrechamente relacionado con el sacrificio único de Jesucristo. Su muerte en la cruz tuvo lugar “una vez para siempre” (Hebreos 9:26; 10:10). En la Santa Cena, este sacrificio único no se repite, sino que se hace tangible de manera sacramental: Cristo se encuentra con nosotros en el pan y el vino (Catecismo INA 8.2.13). Asimismo, existe una relación entre el perdón de los pecados y el festejo de la Santa Cena. El propio Jesús habla de la “sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados” (Mateo 26:28; Efesios 1:7; Catecismo INA 8.2.14). El perdón de los pecados anunciado en el Servicio Divino permite participar dignamente de la Santa Cena.
Celebrar el Sacramento hoy de forma consciente
Dada la gran importancia de la Santa Cena, la Iglesia invita a los creyentes a recibir este Sacramento de forma consciente. El Apóstol Pablo ya exhortaba entonces a los creyentes: “Pruébese cada uno a sí mismo” (1 Corintios 11:28). Antes del festejo de la Santa Cena hay tiempo para la reflexión, el agradecimiento y la preparación interior. Entonces el creyente puede encontrarse con Cristo y estar seguro de que: “El que come mi carne y bebe mi sangre, en mí permanece, y yo en él” (Juan 6:56).
Todos reciben el mismo cuerpo de Cristo. Por eso, el Sacramento une a la comunidad: “Siendo uno solo el pan, nosotros, con ser muchos, somos un cuerpo” (1 Corintios 10:17). Los primeros cristianos perseveraban “en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan” (Hechos 2:42). Por eso, la Santa Cena no es solo una experiencia personal de fe, sino un acontecimiento que celebra toda la comunidad. Quien se reúne con otros creyentes –siempre que sea posible– en torno a la mesa del Señor, expresa así que le importa el encargo de Jesús. El requisito para recibir la Santa Cena es el Santo Bautismo con Agua; a los cristianos bautizados conforme a las normas se les puede conceder el acceso como invitados.
Para algunos cristianos, las transmisiones o los Servicios Divinos por video son la única posibilidad de participar en la vida litúrgica. De este modo, permanecen espiritualmente unidos a la comunidad. Sin embargo, el festejo de la Santa Cena está ligado a la comunidad reunida, en la que los creyentes se acercan a la mesa del Señor. Precisamente estar congregados pone de manifiesto que la fe también se vive siempre estando en comunión (Hebreos 10:25; Catecismo INA 2.4.7; 8.2.10).
Un anticipo de la cena venidera
Al final de las palabras de institución, Jesús pronuncia una frase notable: “Desde ahora no beberé más de este fruto de la vid, hasta aquel día en que lo beba nuevo con vosotros en el reino de mi Padre” (Mateo 26:29). Con estas palabras se abre una perspectiva más allá del presente. Cada festejo de la Santa Cena no solo recuerda la cruz y fortalece la comunión de los creyentes. Al mismo tiempo, apunta a una realidad futura.
La Biblia describe este futuro como una gran fiesta de Dios con su pueblo. El profeta Isaías habla de un banquete que Dios prepara para todos los pueblos (Isaías 25:6-8). El Apocalipsis lo llama la “cena de las bodas del Cordero” y declara bienaventurados a los que son llamados a este banquete (Apocalipsis 19:9). Así, cada festejo de la Santa Cena también lleva consigo un anhelo. Dirige la mirada de los creyentes hacia el día en que Cristo venga otra vez y se consume la comunión con Él (Catecismo INA 8.2.11). Hasta entonces, la cena sigue siendo un signo de esperanza: un anticipo de la fiesta en el reino de Dios, en la que el propio Cristo volverá a sentarse a la mesa con los suyos.
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