Lo que Dios crea… y lo que esto implica para nosotros
Él crea el mundo, lo conserva, obra en la vida de las personas y, finalmente, se entrega a sí mismo: los Servicios Divinos dominicales de octubre siguen las huellas de las obras de Dios.
¿Qué tiene que ver un huerto con la responsabilidad? ¿Por qué contemplar la creación nos lleva a agradecer? ¿Dónde se puede descubrir el obrar de Dios en nuestra propia vida? ¿Y cuál es, en realidad, su obra más grande?
Cuatro domingos, dos pares de temas y un camino en común: en octubre se hablará primero de la creación y, después, de las obras de Dios. En este recorrido, la mirada va pasando cada vez más del ser humano y su entorno hacia Dios mismo: hacia Aquel que lo ha creado todo, que actúa y ayuda, y que, por amor, llega incluso a entregar a su Hijo.
Lo que se nos ha confiado
Comenzamos a principios de octubre en el huerto. Más concretamente: en el huerto de Edén. Allí, Dios pone al ser humano “para que lo labrara y lo guardase”. Y estas dos actividades no son poca cosa.
“Labrar” significa dar forma y desarrollar. “Guardar” significa proteger y conservar. Por eso, el dominio sobre la creación no significa en absoluto explotación, sino responsabilidad. El ser humano debe ser un buen administrador de lo que pertenece a Dios.
Y para ello no hace falta que nadie vaya a salvar primero al mundo entero. La responsabilidad comienza precisamente allí donde se encuentra el ser humano: en la familia, en el vecindario, en el lugar de trabajo o en la comunidad.
Quién está detrás de todo
Una semana más tarde, la perspectiva cambia: de la criatura al Creador. El Apocalipsis de Juan nos abre la mirada hacia el cielo. Dios está sentado en su trono y es adorado por seres celestiales: “Tú creaste todas las cosas”.
Sin embargo, sumarse a esta alabanza y este agradecimiento no termina en la puerta de la iglesia. También se manifiesta en nuestra confianza en Dios, en nuestras acciones, en el trato con los demás y con la creación.
Y, por último: la creación no solo tiene un principio, sino también un propósito. Dios completará su obra.
Dónde obra Dios
A mediados de octubre, la experiencia se vuelve personal. Salmos 40 hace una retrospectiva de la ayuda experimentada: salvación, consuelo, perdón. Pero el salmista descubre en ello algo más que una serie de casualidades afortunadas. Detrás de esas experiencias, reconoce la voluntad universal de salvación de Dios.
Sin embargo, quedan preguntas sin respuesta. Los pensamientos de Dios son más grandes que el pensamiento humano. No todo se puede explicar, no todos los caminos se comprenden de inmediato. No obstante, el obrar de Dios se orienta hacia la salvación y la comunión con Él.
Y eso lo cambia todo. El salmista habla de un “cántico nuevo”. Y es más que entonar un cántico: la esperanza, el amor, la paciencia y la disposición a la reconciliación quedan a la vista en la vida.
Lo que crea el amor
A fines de octubre, el hilo conductor llega a su destino: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito”. Esta conocida frase de Juan 3 deja claro de quién parte la iniciativa: no es el ser humano quien se abre camino hacia Dios, sino Dios quien se acerca al ser humano.
Y da lo más valioso: a su Hijo. El amor de Dios se hace así concreto: en la encarnación de Jesús, en su obrar, su sufrimiento y su muerte, y en su resurrección. Dios mismo supera la distancia entre el Creador y las criaturas, y abre el camino hacia la comunión con Él.
Así se cierra el círculo: al principio está el Dios que crea el mundo y lo confía al ser humano. Al final está ese mismo Dios, que obra por amor para salvar a la humanidad.
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