Primero lo aclamaron y luego lo condenaron. ¿Y hoy? ¿Cuál es nuestra actitud interior hacia Jesús? El Apóstol Mayor nos invita a hacer un examen de conciencia.
“Hay que tener presente lo rápido que cambió de opinión la multitud. Jesús entró en la ciudad y ellos lo aclamaron”, dijo el Apóstol Mayor Jean-Luc Schneider al iniciar el Servicio Divino del Domingo de Ramos, 29 de marzo de 2026, en Buenos Aires (Argentina). “Pocos días después habían cambiado por completo su actitud”, dijo refiriéndose al pasaje bíblico de Mateo 15:8: “Este pueblo de labios me honra; mas su corazón está lejos de mí”.
Del Hosanna a la cruz
“¿Qué sucedió?”, preguntó a continuación el dirigente de la Iglesia. Este cambio de actitud del pueblo puede explicarse de varias maneras:
Expectativas erróneas: “Ellos estaban impresionados por los milagros que Jesús realizaba”. Además, estaban convencidos de que “Él nos liberaría del yugo de los romanos. Restauraría el reino de Israel”. Pero se sintieron decepcionados, pues Jesús les exigió, en cambio, que pagaran los impuestos al emperador romano.
Rechazo de la doctrina: “Ellos quedaron escandalizados por su doctrina”. No solo debían respetar la ley de Moisés, sino también creer en Él y en su doctrina totalmente nueva.
Incomprensión: “Ellos quedaron sorprendidos y decepcionados por su comportamiento”. El futuro rey, el poderoso guerrero… “y llega montado en un asno”. Se mostraba impotente, “ni siquiera fue capaz de defenderse a sí mismo”. Arresto, condena, muerte… “y ninguna reacción”.
Superficialidad: “Ellos simplemente se dejaron llevar por sus emociones”. Primero una gran multitud feliz y pocos días después alzaron el grito de que lo crucifiquen. “No tenían ninguna conexión personal con Jesús”.
Influencia del entorno: “Ellos simplemente siguieron a la multitud”. Muchos habían sido influenciados por los líderes religiosos. “Otros se sumaron porque simplemente tenían miedo”.
¿La fe en peligro?
“Nosotros debemos examinar la actitud de nuestro corazón”, instó el Apóstol Mayor. Porque: “Todos nosotros hemos dicho ‘sí’ a Jesús, cuando fuimos bautizados, cuando fuimos sellados, cuando fuimos confirmados”. Aunque hoy se vaya al Servicio Divino, se cante, se ore y se alabe al Señor, existe el peligro de debilitarse en el corazón y “alejarse poco a poco”. Por eso es importante mantener una conexión firme con el Señor. La relación con Cristo puede verse perjudicada por:
Expectativas infundadas: “Estamos aquí para alcanzar la vida eterna”. Pero existe el peligro de sentirse decepcionado si Dios “no hace lo que esperamos de Él”. Porque “la prioridad del Señor es concedernos la ayuda que necesitamos para permanecer fieles. Y nuestra prioridad es permanecer fieles, pase lo que pase”.
Rechazo de la doctrina: “Jesús quiere que llevemos nuestra cruz en la vida cotidiana”. Esto significa demostrar cada día que queremos seguir a Cristo. La salvación se produce únicamente por gracia, no por los propios méritos. “Los últimos recibirán la misma salvación que los primeros”. Y hay que amar al prójimo, “para demostrar que amo a Dios”.
La aparente debilidad de Cristo: Uno se sorprende e incluso se enfada por la debilidad de Jesucristo. “Porque, como le dijo a Pablo: ‘Mi poder se perfecciona en la debilidad’”. Uno desearía que el poder de Jesús fuera más visible, que impusiera su voluntad. Pero Él respeta la libertad de decisión del ser humano.
Superficialidad: La vida de fe permite emociones hermosas. Pero “es peligroso que nos dejemos llevar únicamente por las emociones”, porque estas se desvanecen con el tiempo. Con las emociones no se puede alcanzar la vida eterna. Para ello “debemos amar a Jesús y profundizar nuestra relación con Él”.
Influencia externa: “Nosotros no seguimos a la mayoría ni a la masa”. El hecho de que sean mucho más numerosos no significa que tengan razón. “Nosotros seguimos la verdad, y esta verdad es la enseñanza de Jesucristo”. Es hermoso seguir a los padres o a los ejemplos de la comunidad, pero “edificad vuestra propia relación con Jesús”. No hay que tener miedo de los demás: “Donde hay amor verdadero, no hay lugar para el miedo”.
“Nosotros hemos dicho ‘sí’ a Jesús y lo seguimos”, resumió el Apóstol Mayor y apeló: “Examinemos de vez en cuando si nuestra relación sigue siendo auténtica. Si nuestro corazón está cerca de Jesucristo”.
Jesús, el constructor de puentes
Jesús sabía lo que le esperaba y, sin embargo, permaneció en Jerusalén desde el Domingo de Ramos hasta el Viernes Santo. “Él estableció la conexión; fue el constructor de puentes”, explicó el Ayudante Apóstol Mayor Helge Mutschler, y continuó: “Tomemos esto como ejemplo y modelo. Para decir hoy, desde nuestras débiles posibilidades: Señor Jesucristo, por favor, ayúdame. Por favor, acércate a mí. Sé un constructor de puentes hacia mi alma”.








