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Quien quiera dirigir la Iglesia debe amar a Cristo

septiembre 3, 2026

Autor: Helge Mutschler

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El “servicio de Pedro”: así se denomina el encargo específico del Apóstol Mayor. Quien justamente en la actualidad porta este ministerio escribe sobre lo que esto significa y cuál es su origen.

Escribir sobre el Apóstol Mayor significa hablar de un servicio que ahora yo mismo ejerzo. No me resulta fácil. Uno tiende a pensar demasiado rápido en personas concretas: en Apóstoles Mayores que han dejado su huella. 

Sin embargo, mi primer pensamiento no se dirige a una persona, sino al encargo. Este no me pertenece, sino que me ha sido confiado. No remite a la persona que lo ejerce, sino a Cristo, quien guía a su Iglesia.

Primero el servicio, después el título

La denominación “Apóstol Mayor” no fue el punto de partida en nuestra Iglesia, sino el resultado de un servicio que fue creciendo. El Apóstol Mayor es la autoridad espiritual suprema; a él le corresponde la posición de liderazgo en el círculo de los Apóstoles. La función de liderazgo propiamente dicha se desarrolló con Friedrich Krebs. 

A la responsabilidad ejercida se le otorgó la denominación de “Apóstol Mayor”. Lo determinante es que no fue el título el que dio origen al servicio, sino que el servicio encontró su nombre a partir de la función que ya desempeñaba. Y este servicio se fundamenta en el testimonio bíblico y está vinculado al encargo que le fue encomendado al Apóstol Pedro.

Al servicio de la unidad

Me interesa cómo Pedro llevó a la práctica este encargo en las primeras comunidades. Esto me sirve de orientación. En los Hechos de los Apóstoles se lee que él dispuso que se ocupara de nuevo el lugar de Judas Iscariote en el círculo de los Apóstoles. También hoy, siempre que es posible, el Apóstol Mayor ordena él mismo a los Apóstoles. 

Para mí es muy importante fortalecer este círculo, para que se mantenga el enfoque en hacer accesible la salvación a todos los seres humanos. Al mismo tiempo, esto es una expresión de la unidad entre los Apóstoles, cuyo fortalecimiento es otra de las tareas del Apóstol Mayor.

El Apóstol Mayor establece el orden de la Iglesia, como servicio a la unidad y como marco fiable para la actividad de la Iglesia. Porque el orden espiritual no debe limitar, sino dar espacio al Evangelio. 

Abierto para nuevos conocimientos

También en esto Pedro nos sirve de guía: él pronunció la prédica de Pentecostés. Así, también hoy forma parte de este servicio preservar la doctrina y velar por una difusión uniforme del Evangelio.

Pero no nos detenemos aquí: la adquisición de nuevos conocimientos y el desarrollo prudente de la doctrina también forman parte de ello. Pedro lo demuestra: el Señor le mostró que la salvación no se limita a un pueblo, sino que se extiende a todos los seres humanos. 

Gracia en lugar de grandeza

En su encuentro con Cornelio, Pedro se da cuenta de que Dios no excluye a nadie: el Evangelio también se dirige a los gentiles; ellos también deben participar de la salvación y ser bautizados con agua y Espíritu. Cuando Cornelio se postra ante Pedro y lo adora, Pedro lo rechaza: “Levántate, pues yo mismo también soy hombre” (Hechos 10:26). 

Pedro no era un hombre sin defectos. Era consciente de sus errores —y conocía la gracia de su Señor—. Por eso me conmueven especialmente las palabras que Jesús le dirigió: “Pero yo he rogado por ti, que tu fe no falte” (Lucas 22:32). 

La pregunta decisiva

Yo también sé que mi fe no se sostiene por sí misma. Vive de la gracia de Dios. Lo único que puedo aportar es mi confianza en Cristo, quizá tan pequeña como un grano de mostaza, pero abierta a lo que Él quiera obrar.

Jesús conoce las debilidades y los límites de Pedro. No le exige nada extraordinario, sino una respuesta clara a la pregunta decisiva: “¿Me amas?”. Solo a partir de esta respuesta le confía el servicio: “Apacienta mis corderos. Apacienta mis ovejas” (Juan 21:15-17). 

Así queda claro: el servicio de Pedro no se basa en primer lugar en la autoridad, sino en el amor a Cristo. Esta pregunta también me acompaña a mí. Quien quiera dirigir la Iglesia debe amar a Cristo —y precisamente por eso, servir a las personas.

septiembre 3, 2026

Autor: Helge Mutschler

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