Juan el Bautista tenía una única función: señalar a otro. Por eso, Jesús lo llamó “el mayor”. ¿Qué significa esto hoy en día para confesar la fe?
“Entre los que nacen de mujer, no se ha levantado otro mayor”, así habla Jesús de Juan (Mateo 11:11). Un juicio sorprendente sobre un hombre al que muchos recuerdan sobre todo como un escéptico, como aquel que terminó en la cárcel antes de que la historia alcanzara su punto culminante. ¿Quién era él para que el Salvador lo valorara tanto? La pista comienza mucho antes del desierto, con una oración que hacía tiempo que se había enmudecido.
Una oración oída, un padre queda mudo
Zacarías ejerce el servicio sacerdotal en el templo. Él y su esposa Elisabet deseaban tener un hijo, pero habían envejecido y seguían sin tener descendencia; llevaban años orando, probablemente ya sin ninguna esperanza. Un día se le aparece el ángel Gabriel: “Tu oración ha sido oída” (Lucas 1:13). Ahora que, desde el punto de vista humano, ya no hay nada que esperar, llega la promesa. Zacarías duda y queda mudo (Lucas 1:20), una consecuencia de su incredulidad, como dice el propio ángel. Pero este tiempo se convierte para él en una escuela: nueve meses para comprender el alcance de la voluntad divina. Se dice que, ya desde el seno materno, su hijo será lleno del Espíritu Santo (Lucas 1:15).
Se hace evidente el paralelismo con Abraham y Sara: ellos también concibieron un hijo en su vejez; a ellos también les llegó la promesa cuando lo posible parecía haber quedado atrás hacía tiempo (Génesis 18:1-15; Romanos 4:18-21).
Un nombre que va en contra de la tradición
En la circuncisión, los parientes quieren ponerle al niño el nombre del padre. Elisabet insiste en “Juan”; y cuando le preguntan a Zacarías, que aún estaba mudo, este escribe en una tablilla: “Juan es su nombre” (Lucas 1:63). En ese mismo instante, se le suelta la lengua y, en el cántico de alabanza, llama al hijo “profeta del Altísimo” (Lucas 1:76). El nombre es elección de Dios, no de la familia; “Juan” significa “Dios es misericordioso”. Precisamente este nombre de la misericordia lo lleva el que más tarde será el predicador del arrepentimiento, que hablará sin tapujos del juicio y de la conversión.
Hijo del desierto y segundo Elías
El hijo de una buena familia de sacerdotes crece en el seno de una familia sacerdotal, pero luego no elige el templo; va al desierto, donde vive de langostas y miel silvestre. Allí retoma una antigua esperanza: Malaquías había anunciado un mensajero que iría delante del Señor (Malaquías 3:1). Juan se presenta con el espíritu y el poder de Elías (Lucas 1:17). Jesús lo confirma más tarde de forma inequívoca: él es el Elías que había de venir (Mateo 11:14). En la tradición judía, Elías era considerado el precursor del Mesías; por lo tanto, quien se presentara con el espíritu de Elías enviaba una señal inconfundible: ahora comienza algo nuevo. Juan hace precisamente eso, y toda Judea acude a él al Jordán.
En el Jordán: tres voces, un testigo
Entonces, el propio Jesús llega al Jordán para ser bautizado. Lo que Juan ve allí, los Evangelios lo reúnen en unas pocas frases: el Hijo en el agua, el Espíritu como una paloma, la voz del Padre desde los cielos (Mateo 3:16-17): el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo se manifiestan juntos en ese único instante. Son momentos como estos en los que el Nuevo Testamento no explica la realidad trinitaria de Dios, sino que la señala. Juan dice después que no lo había reconocido; recién la señal del Espíritu que desciende le permite identificar al Mesías (Juan 1:33). Así pues, recién a través de esta señal reconoce a Jesús como el Mesías —y, con ello, está cerca de muchos que nunca lo han visto y, sin embargo, dan testimonio de Él—. Su propio Bautismo sigue siendo un Bautismo de arrepentimiento; apunta hacia el más poderoso, que bautizará con Espíritu Santo (Mateo 3:11). El Catecismo distingue claramente este Bautismo de arrepentimiento del Santo Sellamiento, que es el que concede el Espíritu (Catecismo INA 8.1.8).
Precursor hasta el final
Y, sin embargo, Jesús también dice: “El más pequeño en el reino de los cielos, mayor es que él” (Mateo 11:11). Suena duro. Pero no se trata de una desvalorización, sino de una definición de su lugar. Juan vivió y murió sin llegar a experimentar la cruz, la resurrección ni Pentecostés. Los dones que, desde entonces, todo cristiano puede recibir le quedaron aún vedados: la transmisión plena de la salvación lograda por el sacrificio consumado de Cristo, el derramamiento del Espíritu Santo en Pentecostés y la posibilidad, que surge a partir de allí, del renacimiento de agua y del Espíritu. En la historia de la salvación, Juan se encontraba en el umbral del nuevo pacto: anunció su llegada sin llegar a experimentar él mismo su pleno desarrollo. Lo que hay tras esa puerta, los creyentes pueden recibirlo desde entonces, y así participan de la victoria de Jesús sobre la muerte y el pecado. Así se puede entender también la pregunta de Juan desde la cárcel: “¿Eres tú aquel que había de venir?” (Mateo 11:3). No es un fracaso. Más bien es la lucha sincera de un hombre que había predicado el juicio y que ahora experimenta que este Jesús trae, sobre todo, misericordia. El Catecismo lo denomina sencillamente el precursor de Jesús (Catecismo INA PyR 96). Su camino termina pronto: Juan es encarcelado y ejecutado por orden de Herodes (Marcos 6:17-29); esto también se puede leer en el artículo “Un escéptico como modelo”.
Lo que Juan nos deja
Se lo conmemora el 24 de junio, el día de Juan —una de las fiestas más antiguas del cristianismo, que antiguamente se celebraba en muchos lugares con las “hogueras de San Juan” y que hoy apenas se tiene en cuenta—. Llama la atención que la Iglesia celebre ese día un nacimiento; por lo general, solo lo hace con Cristo. Esto dice mucho del rango que este hombre ocupó en su tiempo.
¿Y para nosotros hoy? Juan podría haberse convertido en el centro de atención; la gente acudía en masa a él junto al Jordán. Renunció a ello y dejó que sus propios seguidores siguieran adelante, hacia Jesús: no debía ser él quien fuera reconocido, sino Aquel a quien señalaba. Esta es una pregunta discreta, casi incómoda, para toda comunidad que vive del servicio de muchos: ¿Quiénes son hoy los silenciosos que hacen posible algo sin ponerse en primer plano?
Ya sus padres dieron ejemplo de ello. Zacarías y Elisabet habían orado durante años y, en algún momento, seguramente dejaron de esperar una respuesta. Sin embargo, esta llegó. Esto no es una promesa de que se cumpla cada deseo; pero sí es un estímulo: Dios oye también la oración que nosotros mismos ya habíamos dado por perdida, y responde a su debido tiempo —a menudo de una forma muy diferente a la que esperábamos—.
Hacia quién señalamos
Pero lo más importante es adónde dirige su mirada. Juan desvía la mirada de sí mismo hacia otro: “Es necesario que él crezca, pero que yo mengüe” (Juan 3:30). Incluso una agenda bien llena y muchas palabras pueden terminar girando en torno a uno mismo, en lugar de allanar el camino hacia Cristo. Precisamente a eso están llamados también los creyentes de hoy: hablar menos de sí mismos y más de Él. Quien da un paso atrás de esta manera no se hace más pequeño. Quizás sea precisamente en esta actitud donde resida parte de esa grandeza que Jesús destaca en Juan.