Sin simulacros de alegría, sin frases motivadoras baratas: los Servicios Divinos de junio se preguntan en qué se basa realmente la esperanza cristiana.
La alegría por mandato no funciona. Lo sabe cualquiera a quien alguna vez le hayan pedido que sea más alegre. Que las próximas prédicas dominicales se desarrollen, no obstante, bajo el tema “Alegría por el Espíritu Santo” no es una invitación a una sonrisa religiosa permanente, sino una búsqueda de las huellas de lo que realmente significa la alegría cristiana —más allá de muchos malentendidos—. Y al final se llega a uno de los mensajes de esperanza más insólitos y, al mismo tiempo, más hermosos que la teología cristiana tiene para ofrecer: los pensamientos de paz de Dios se extienden también a los difuntos.
El motivo erróneo de la alegría
En la prédica del primer domingo hay una frase que se pasa por alto rápidamente: “Pero no os regocijéis de que los espíritus se os sujetan”. Jesús frena a sus discípulos en medio de su euforia por el éxito: ese es el punto de partida. Los conocedores de la Biblia saben que la autoridad no aparece en el Nuevo Testamento como un título honorífico, sino como una misión. Lo que realmente cuenta no es lo que uno puede o tiene permiso de hacer, sino a quién pertenece. De ello se deduce para los cristianos de hoy: quien ha recibido los Sacramentos puede leer en ellos la certeza de que su nombre —no su ministerio, ni su fervor— está inscrito en el cielo (Catecismo de la Iglesia Nueva Apostólica/Catecismo INA 4.1; Apocalipsis 3:5). Quien cree esto de verdad deja de alegrarse por su propia eficacia y descubre que la alegría surge de la pertenencia. Una diferencia que se nota en la vida cotidiana y en la comunidad.
Cuando servir cuesta esfuerzo
El segundo domingo centra la atención en el servir, y en lo que ocurre cuando falta la alegría para hacerlo. No era una pregunta hipotética, y sigue sin serlo hasta hoy. Tras regresar del exilio, los israelitas se encontraron ante muros destruidos y casas desaparecidas, cuando Esdras leyó la ley y el pueblo comenzó a llorar. El mensaje no fue: “Dejad de llorar”, sino: “El gozo de Jehová es vuestra fuerza” (Nehemías 8:10). Hay un detalle decisivo: Esdras no solo leyó la ley, sino que la hizo comprensible. Para los creyentes de hoy, esto significa que el servir con alegría no es una cuestión de estado de ánimo, sino de conciencia: se hace algo significativo, para Dios (Romanos 12:11). Esto no solo transforma el servir, sino también el impacto en los demás. Quien haya escuchado la prédica puede examinar si su propio servir se sustenta en este conocimiento, o si ya se ha convertido en una rutina (Catecismo INA 6.2.3).
Esperanza, sin fluctuar
En la prédica del tercer domingo se aborda la epístola los Hebreos, un texto escrito a una comunidad que se encontraba bajo presión. “Mantengamos firme, sin fluctuar, la profesión de nuestra esperanza, porque fiel es el que prometió” (Hebreos 10:23). Llama la atención que el razonamiento no se basa en la fuerza de voluntad o la perseverancia, sino en la fidelidad de Dios. La esperanza en el retorno de Cristo (Catecismo INA 9.1) no es un simple deseo piadoso. Se basa en la convicción de que Dios cumple lo que promete, independientemente de las circunstancias externas. Para los creyentes, esto tiene un efecto inmediato en el presente: quien tiene esta certeza en su interior no debe dejarse llevar por el miedo o la resignación. La prédica se pregunta si esta esperanza ya marca ahora nuestras propias acciones, o si la reservamos para los domingos.
No ser el centro de atención
El 24 de junio es, en muchas tradiciones cristianas, el día de Juan, la festividad que conmemora el nacimiento de Juan el Bautista, aquella figura que se encuentra exactamente en el umbral entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. El Servicio Divino de entre semana retoma esta festividad. Lo que es notable de Juan es que conoce su función y la cumple. No ser el centro de atención, sino señalar: ese es su papel, y lo cumple incluso cuando está en la cárcel y duda. La pregunta que pueden plantearse hoy los seguidores y precursores de Jesucristo es: ¿cuánto apuestas por la visibilidad de tu propia fe, y cuánto por aquello a lo que señalas?
Paz más allá de la muerte
En la prédica del cuarto domingo, que prepara el Servicio Divino en ayuda para los difuntos una semana después (Catecismo INA 9.4), ocupa un lugar central Jeremías 29:11: “Pensamientos de paz, y no de mal”. Escrito a los israelitas en el exilio, personas sin patria y sin un futuro reconocible. La carta se dirige contra los falsos profetas que prometen una salvación rápida y dice, en cambio: el plan de Dios sigue su curso, pero a su ritmo. Estos pensamientos de paz de Dios no solo se refieren a los vivos, sino también a los muertos (1 Pedro 3:18-22). Esa es la convicción de los cristianos nuevoapostólicos. El perdón, el arrepentimiento, la recepción de los Sacramentos: no es algo que termine con la muerte. Quien cree esto, ora de otra manera por los difuntos: no como un deber ritual, sino como una intercesión genuina por personas que aún pueden estar buscando. Pensado de forma radical: el obrar salvífico de Dios no termina en la tumba.
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