Tiene más de lo que necesita. Pero le falta lo esencial. El Apóstol Mayor Helge Mutschler explicó en Oldemburgo lo que nos enseña el granjero rico sobre el reino de los cielos.
Una persona que posee mucho y, sin embargo, carece de lo esencial: así describió el Apóstol Mayor Helge Mutschler al granjero rico el 6 de septiembre de 2026 en Oldemburgo (Alemania). “A través de las parábolas, el Señor Jesús quiso explicarnos cómo es el cielo”. La carencia de este hombre, ¿qué nos revela sobre la riqueza de Dios? “Esta parábola se refiere al descubrimiento del cielo”, explicó citando a Lucas 12:16-18.
Rico en regalos y no darse cuenta
“La heredad de un hombre rico había producido mucho”. El granjero se alegró de su cosecha récord sin darse cuenta de dónde procedía su riqueza. O, como lo expresó el Apóstol Mayor: “Un hombre pobre, este hombre rico”.
En el reino de Dios es diferente. “Todo comienza con un regalo”. Aquí radica una afirmación fundamental del Evangelio: “La tierra había producido mucho. Eso es el Evangelio. Ese es el principio de Dios: que Dios es el Dador”. Dios no da con mezquindad, sino en “medida buena, apretada, remecida y rebosando” (Lucas 6:38). Sobre todo, da “gracia sobre gracia. Siempre más gracia encima, en medida rebosante y desmesurada”.
Esto también se aplica a las personas que, en estos momentos, solo ven ante sí un campo árido. Nadie tiene que ganarse el amor de Dios. “No tienes que ponerte tenso ni demostrar nada ante Dios, sino que Él, tu Dios, te ama, aunque en este momento no puedas verlo ni darte cuenta”.
Ese pensar dentro de sí que lleva a la soledad
Antiguamente era habitual consultar las decisiones importantes con los ancianos del pueblo, explicó el Apóstol Mayor. Sin embargo, “este hombre pobre y rico a la vez” no habla ni con los demás ni con Dios. Lo planea todo él solo, incluso la fiesta que celebrará más adelante. “Feliz, completamente solo”.
Jesús, por el contrario, “siempre disfrutaba de la compañía de las personas y se sentaba a la mesa con ellas, con los publicanos, con los pecadores, con todos, y comía y bebía, y estaba feliz en comunión”. Incluso en la cruz se dirigió a Dios (Mateo 27:46).
“Ese es el principio de Dios de la comunión, la cercanía, la relación. No tienes por qué estar solo y no estás solo”, aseguró el Apóstol Mayor. Incluso quien se sienta abandonado puede clamar a Dios: “Siempre hay alguien a quien puedes decir, quizá hasta gritar: ‘¡Dios mío, Dios mío!’”.
Así, también es válido: “Por eso es tan importante la asistencia espiritual. Y por eso nos sentimos impulsados a decir: ‘Sí, queremos reforzar la asistencia espiritual’, porque nos estamos preparando para el cielo”. En esta comunión, el cielo ya se puede experimentar hoy mismo: “Y eso ya es el cielo: que nos reunamos, que nos fortalezcamos mutuamente, que compartamos nuestros planes, nuestras dudas, nuestro sufrimiento y nuestra pena, y que estemos unos con otros y unos junto a otros”.
“Porque Dios no quiere en absoluto que nos quedemos aquí sentados tan solos, tan desamparados, tan abandonados y solitarios”.
Cada vez mayor… ¿pero para qué?
Los graneros son demasiado pequeños. Así que hacen falta otros mayores. ¿Cómo de grandes? Lo importante es que sean más grandes. “Esa es la imagen del ser humano, quizá especialmente del ser humano moderno”.
“Y tiene que ser cada vez mayor, sin medida, cada vez más grande, más rápido, más alto y más lejos. Y las cotizaciones deben subir y todo debe seguir creciendo sin cesar. Este hombre pobre y rico, que vive sin medida, con esa codicia, y que, en última instancia, debe vivir en ese impulso que nunca termina. En el reino de Dios es diferente”.
Jesucristo siguió el camino opuesto: abandonó el cielo y se despojó a sí mismo (Filipenses 2:7).
De allí surge una pregunta personal: “¿Cuál es mi granero? ¿Cuál es mi ámbito personal ‘cada vez más alto, cada vez más rápido, cada vez más grande, cada vez más lejos’? ¿Cuál es ese ámbito de mi vida en el que tengo que constatar que ya no hay medida, que ya no hay centro, y que solo hay una presión y una codicia sin fin?”.
El ser humano tiene miedo. Miedo a la vida y, en última instancia, a la muerte, según el Apóstol Mayor. El ser humano acumula y se asegura el futuro.
Detrás de esa presión se esconde un miedo del que ningún granero puede proteger. Incluso a los cuervos los alimenta Dios sin que tengan provisiones (Lucas 12:24). El reino de Dios es humildad y confianza.
La paz que no tiene que esperar
“Cuando haya construido todos mis graneros más grandes, cuando haya guardado todo, entonces solo voy a querer una cosa. ¡Voy a querer paz!”.
Un pensamiento familiar. Primero hay que terminar este proyecto, llevar a cabo aquella tarea, alcanzar este objetivo. Después habrá más tranquilidad. ¿De verdad?
El Apóstol Mayor volvió a referirse a las palabras de Jesús: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar” (Mateo 11:28). Los planes no deben convertirse en una “rueda de hámster”. La paz que Cristo nos da ya está aquí.
Una herencia que no disminuye
Al final, Dios pregunta a quién pertenecerá la riqueza acumulada. El Apóstol Mayor tradujo la pregunta a un lenguaje actual: “Tú, persona rica, creo que te has equivocado de cálculo. Supongamos, solo a título teórico, que murieras esta noche. Entonces, ¿qué pasará con todas esas cosas que has acumulado? ¿De quién será todo eso? ¿De quién será todo lo que has preparado?”.
En la parábola faltan los herederos. En el reino de Dios, en cambio, Cristo prepara un lugar para sus seguidores en la casa del Padre (Juan 14:2), los hace coherederos (Romanos 8:17) y quiere llevarlos consigo (Juan 14:3).
Así, la parábola no solo muestra en qué fracasa el granjero, sino también lo que Dios nos regala: gracia en lugar de presión por el rendimiento, comunión en lugar de soledad, humildad en lugar de delirio de grandeza, paz en lugar de inquietud y una herencia que Cristo comparte con los seres humanos.


















Fotos: Neuapostolische Kirche Nord- und Ostdeutschland, Manuel Luikenga