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No es un estancamiento, sino un milagro silencioso

abril 4, 2026

Autor: Simon Heiniger

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Jueves Santo: la Santa Cena; Viernes Santo: la crucifixión; Domingo de Pascua: la resurrección; cada uno de estos días marca un momento culminante de la pasión. Pero ¿y el Sábado Santo?

José de Arimatea y Nicodemo habían enterrado a Jesús el viernes, antes del comienzo del sábado. Todo sucedió con prisa, pues el sábado estaba a punto de comenzar. Después, desde un punto de vista humano, todo parecía haber concluido: el cadáver en el sepulcro, la piedra adelante, el silencio del día de reposo. Es más, el sepulcro fue sellado, y estaba vigilado y asegurado. Todo debía ser definitivo. Precisamente allí radica la peculiar tensión del Sábado Santo: los seres humanos pueden asegurar la muerte, pero no impedir el obrar de Dios.

La aparente ausencia de Dios

Para los discípulos, este día debe haber sido casi insoportable. Habían experimentado a Jesús de forma personal e inmediata, su cercanía, sus palabras, su poder. Y ahora todo eso parecía haberse borrado. El Nuevo Testamento narra numerosas señales de Jesús: desde cuando calmó la tempestad, pasando por los milagros de la multiplicación de los panes y las sanaciones, hasta la resurrección de los muertos. El variado testimonio de su poder parecía haberse desvanecido.

El miedo, el retraimiento y la perplejidad dominaban la escena. Precisamente en el sábado, el día que recuerda la grandeza de Dios como Creador y Liberador, no experimentan su cercanía manifiesta, sino su aparente ausencia. Por eso, el Sábado Santo no es solo un día de silencio exterior, sino también un día de conmoción interior, un día en el que la fe parece no encontrar ya ningún punto de apoyo y, sin embargo, no puede dejar de preguntar por Dios.

El obrar de Dios no se puede impedir

Y, sin embargo, el Sábado Santo no es simplemente un día vacío. El Catecismo nuevoapostólico recoge esto expresamente en el segundo artículo de la fe, cuando, entre cuando fue sepultado y cuando resucitó, se confiesa que Cristo entró en el reino de la muerte. Esta parte del acontecimiento pascual resulta hoy ajena a muchos cristianos. Inconcebible –y, sin embargo, realidad–, no hay lugar al que no llegue el poder de Dios. Ni siquiera el reino de la muerte está fuera de su alcance.

El Catecismo vincula esta confesión con 1 Pedro 3 y 1 Pedro 4, y afirma que el obrar salvífico de Cristo abarca también a los muertos. Especialmente impactante es una palabra del propio Jesús: “Viene la hora, y ahora es, cuando los muertos oirán la voz del Hijo de Dios; y los que la oyeren vivirán”.

Así, el Sábado Santo es más que la espera de la Pascua: es el día en que Cristo toca la vida incluso allí donde parece haber llegado a su fin. Jesucristo tiene las llaves de la muerte y del reino de los muertos; su entrada en el reino de la muerte no es un signo de impotencia, sino el triunfo del vencedor de Gólgota.

“Y si en el Seol hiciere mi estrado, he aquí, allí tú estás”. El Salmo 139 resume en una imagen lo que nos permite vislumbrar el Sábado Santo. Ni siquiera el reino de la muerte es un espacio abandonado por Dios. Donde el hombre solo ve el fin, la presencia de Dios llega más hondo.

El Sábado Santo hoy

De este modo, el Sábado Santo también le habla al presente. Hay experiencias que las personas perciben como un “infierno en la tierra”: el sufrimiento, la pérdida, el miedo, la imposibilidad de hablar, la aparente lejanía de Dios. El Sábado Santo no acorta esta oscuridad. Deja que el silencio permanezca. Aquí, en lugar del júbilo de Pascua, tiene cabida el grito desesperado, a menudo mudo, que clama por la revelación de Dios.

Precisamente allí reside su consuelo: quien no siente la cercanía de Dios, no está por ello privado de ella. Quien solo puede esperar, lamentarse o callar, no está fuera del alcance de la mano de Dios. El Sábado Santo no muestra un estancamiento, sino una acción salvífica, incluso cuando el ser humano aún no la ve.

Y sí, la Pascua llegará sin duda. Así, lo que aún permanece oculto el Sábado Santo se hace visible en la Pascua: el giro que deja atrás a la muerte y el comienzo de la nueva creación de Dios.


Foto: generada por IA

abril 4, 2026

Autor: Simon Heiniger

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