“Mi lengua se pegó a mi paladar”

El ayuno de la boca… o bien, a veces se puede encontrar a Dios en el silencio. Lo que dice el Antiguo Testamento sobre el silencio, una reflexión sobre el tiempo de pasión que acaba de comenzar.

El silencio no es unívoco. Lo que significa siempre lo revela el contexto. En el Antiguo Testamento, el silencio puede significar que alguien está indefenso (Salmos 94:17) o que espera pasivamente (1 Reyes 22:3). Se pide silencio para apaciguar (Números 13:30), los mansos y silenciosos son pacientes (Salmos 35:20). El silencio también puede ser una negativa a comunicarse, una falta de reacción (Salmos 58:5; Proverbios 17:28).

Volverse sabio

La comunicación implica hablar y escuchar, y escuchar, a su vez, solo funciona en silencio. Solo cuando ambos están presentes en su justa medida puede transmitirse con éxito la información: sin silencio no hay entendimiento (Sirach 6:33-35). Al permanecer en silencio, el oyente demuestra atención, respeto y voluntad de absorber y reflexionar sobre el conocimiento ofrecido. El silencio es un requisito previo para desarrollar serenidad y prudencia, y llegar a ser sabio. El silencio, al igual que la palabra, es una actitud activa. El Antiguo Testamento a menudo favorece el silencio sobre el habla (Proverbios 10:19), y si uno habla, entonces el discurso debe ser breve, como quien sabe mucho y prefiere callar (Sirach 32:11-12). Las personas sabias guardan silencio en lugar de insultar o menospreciar al prójimo (Proverbios 11:12), y saben cuándo es oportuno criticar y cuándo es mejor callar (Sirach 20:1). La sabiduría también incluye guardar secretos y abstenerse de falsos consuelos (Jueces 3:19; Tobías 10:7).

Paciencia y silencio

Si no se tiene nada que rebatir a los argumentos de otra persona, se debe callar, como hizo Aarón cuando Moisés le explicó por qué Dios había dejado morir a sus hijos (Levítico 10:3). Los que se sienten culpables a menudo callan por vergüenza (Salmos 32:3), sienten que no es tiempo de hablar (Eclesiastés 3:7). Quien calla primero no corre el riesgo de reaccionar precipitadamente, sino que puede esperar un momento favorable para hacer su petición, como el siervo de Abraham que observaba a Rebeca en el pozo (Génesis 24:21). Saúl también se mostró prudente al principio de su reinado y guardó silencio ante toda calumnia (1 Samuel 10:27). A menudo las personas no lo consiguen por sí solas, sino que necesitan el aliento y la seguridad de los demás para mantener su silencio, como el pueblo de Israel, que tuvo que ser amonestado repetidamente por sus líderes para que no murmurara, sino que confiara en Dios (Números 13:30). Esto es absolutamente necesario, porque es precisamente en medio del silencio donde la palabra de Dios puede desplegar toda su eficacia y traer la salvación a su pueblo (La Sabiduría de Salomón 18:15-16). El autor de los Salmos también lo sabe, pues se amonesta repetidamente a sí mismo para que guarde silencio y confíe en que Dios lo ayudará (Salmos 37:7).

El falso silencio

Todo tiene su tiempo, tanto el silencio como la palabra, lo sabe Salomón (Eclesiastés 3:1-11). El silencio y la quietud no siempre son la respuesta adecuada. En caso de peligro, puede ser importante orar a Dios, incluso clamar (1 Samuel 7:8), y los adversarios en la guerra pueden malinterpretar el silencio como rendición (1 Reyes 22:3). Incluso los que tienen buenas nuevas que contar no deben ocultarlas (2 Reyes 7:9).

Mudez y muerte

Los mudos están condenados al silencio (La Sabiduría de Salomón 10:21); en este caso, el silencio no tiene nada de positivo. Así lo describe también Salmos 22:16, en el que el escritor expresa su absoluta desesperación y agotamiento: “He sido derramado como aguas, y todos mis huesos se descoyuntaron; mi corazón fue como cera, derritiéndose en medio de mis entrañas. Como un tiesto se secó mi vigor, y mi lengua se pegó a mi paladar, y me has puesto en el polvo de la muerte” (Salmos 22:14-15). Al final de la vida, las palabras de la vida se callan (Jueces 19:28). El silencio es como presagio de la muerte. Y el silencio es una expresión de horror cuando la guerra destruye toda la vida en un lugar quedando solo el silencio (Amós 8:3). Las situaciones que amenazan la vida provocan un estado de conmoción (Éxodo 15:16), y el dolor puede expresarse no solo con fuertes lamentos, sino también en silencio, como experimentaron Job y sus amigos (Job 2:13). Del mismo modo, Jacob calló cuando se enteró de que su hermana Dina había sido violada (Génesis 34:5). En consecuencia, el Antiguo Testamento describe el inframundo como un lugar completamente silencioso donde no es posible la comunicación con Dios: No alabarán los muertos a Jah, ni cuantos descienden al silencio (Salmos 115:17).

Cuando Dios calla

El ser humano puede acercarse a Dios de dos maneras: con alabanza, agradecimiento y adoración o con silencio reverente (Salmos 65:1). El Dios de Israel se diferencia de los ídolos silenciosos de otras naciones en que se comunica con su pueblo a través de profetas; no es un Dios silencioso. Sin embargo, si las personas adquieren temporalmente la impresión de que Dios guarda silencio hacia ellas, esto conduce al miedo y a la desesperación (1 Samuel 8:18). Dios castiga a los falsos profetas con su silencio y los lleva así a la ruina (Miqueas 3:7).

El creyente que ora a Dios y no recibe respuesta, se lamenta ante Él que no calle ante los peligros que lo acechan y lo alejan de Él (Salmos 35:22). El silencio no se percibe aquí simplemente como una omisión, sino como un acto deliberado por parte de Dios, mediante el cual se distancia de la persona que ora. ¿Por qué calla Dios cuando los infieles amenazan y atormentan a los justos (Isaías 64:12)? El Todopoderoso reprende tales dudas: “Pero al malo dice Dios: [...] Tomabas asiento, y hablabas contra tu hermano; contra el hijo de tu madre ponías infamia. Estas cosas hiciste, y yo he callado; pensabas que de cierto sería yo como tú” (Salmos 50: parte de 16; 20 y 21). Porque Dios no calla indefinidamente, sino que finalmente aparece en esplendor y gloria juzgando a los enemigos de su pueblo (Salmos 50:2-4). Por el bien de Israel, no puede permanecer en silencio para siempre, sino que perdona las malas acciones. Con este conocimiento, el creyente puede estar tranquilo y acallado en la seguridad de Dios (Salmo 131:2): Aunque Dios no responda siempre, nunca dejará de escuchar a los suyos y de estar a su lado.


Este artículo fue publicado originalmente en una versión más larga en la revista de la Iglesia Nueva Apostólica “spirit”, edición 05/2019.


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Redaktion spirit
20.02.2024
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