Con motivo de la Jornada Mundial del Enfermo, un llamamiento a la unión

Hoy es la Jornada Mundial del Enfermo. ¿Realmente necesitamos un día para conmemorarlo? Sí, porque ellos no deben ser olvidados, no deben sentirse marginados ni perdidos. Nuestros enfermos nos pertenecen, en medio de la comunidad, en medio de nuestro corazón.

Este día para recordarlos existe desde 1993 y todavía hay enfermos olvidados. Como el pequeño Tobías, que se encuentra en una pequeña habitación del departamento de sus padres, escondido del público. En cuanto llegan las visitas, la habitación se cierra con llave. Solo sus padres y amigos más cercanos conocen la existencia de Tobías, que tiene múltiples discapacidades físicas y mentales.

De “incomprensible” a “entendible” pueden juzgar las personas que ahora leen esta historia. ¿Por qué? Hay profundas razones históricas y culturales. Al igual que los padres no pueden ser condenados por esconder a su hijo, tampoco a los que los juzgan se los puede tachar tan fácilmente de malvados, porque fue lo que oyeron toda su vida.

¿La enfermedad como resultado del pecado? ¡No!

Quien está enfermo ha hecho algo malo. Un error de apreciación generalizado, ¡siempre fue así! Ya la Biblia informa que a los enfermos se les negaba el lado bueno de la vida. Los leprosos eran expulsados de la sociedad y en muchos casos vivían en las afueras. Los enfermos de epilepsia eran vistos con recelo como personas poseídas con las que era mejor no tener contacto. En general, la enfermedad era la prueba evidente de un pecado que se había cometido.

¡La enfermedad como castigo por el pecado cometido! Al respecto existe en la teología moderna la “correlación hacer-soportar”. Este punto de vista estaba muy extendido en el antiguo Oriente Próximo y todavía no está del todo descartado. La carga religiosa de la enfermedad no proviene de los médicos o científicos, sino de los teólogos y sacerdotes. Jesús, que crece en este campo de tensión, rechaza categóricamente este modelo de sentido. En respuesta a la correspondiente pregunta de sus discípulos, contradice explícitamente la interpretación de la enfermedad como consecuencia del pecado: “Rabí, ¿quién pecó, éste o sus padres, para que haya nacido ciego?”, y responde: “No es que pecó éste ni sus padres, sino para que las obras de Dios se manifiesten en él” (Juan 9:2-3). Aquí, y especialmente en Lucas, el exorcismo no es el centro del pensamiento teológico. En cambio, se hace referencia al arte médico de curar. Jesús es un médico, no un exorcista. No es casualidad que diga del centurión de Cafernaum que este tenía una fe que Jesús no había encontrado en ningún otro lugar de Israel. Es decir, que una enfermedad puede ser curada, aunque el enfermo sea un pecador (ver Mateo 8:5-13).

Y, finalmente, fue el propio Jesús quien sufrió el dolor sin haber cometido pecado, fue torturado y ejecutado públicamente. Su sacrificio desinteresado es la prueba de que la enfermedad y la muerte no son expresiones del pecado.

¿Y hoy?

Basta de historia. ¿Qué pasa hoy, cómo piensa el hombre moderno? La Jornada Mundial del Enfermo ofrece una excelente oportunidad para comprometerse mental o físicamente con los enfermos y la enfermedad. “Simplemente llámalo”, apeló el Apóstol Mayor Jean-Luc Schneider a la comunidad reunida en el Servicio Divino. Llamar o incluso visitar a los enfermos no es difícil, y es un momento gratificante. Los que se ocupan de los enfermos imitan a su Maestro Jesucristo: “Y respondiendo el Rey, les dirá: De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis” (Mateo 25:40).

Y, sobre todo, la Jornada Mundial brinda una oportunidad especial para ofrecer un testimonio de agradecimiento y respeto a todos aquellos que cuidan profesionalmente de los enfermos: médicos, enfermeras, personal de residencias de ancianos.

Piensa en mí

La enfermedad forma parte de la vida. Ahora, en tiempos de la pandemia de coronavirus, nos damos cuenta de la fragilidad del ser humano. Un virus extraordinariamente pequeño, invisible a nuestros ojos, está haciendo mella en los seres humanos. Sanémonos unos a otros orando por los demás, deseándoles lo mejor y llamándolos de vez en cuando.


Foto: Katarzyna Bialasiewicz / adobe.com

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Peter Johanning
11.02.2021