¿Dónde arde el fuego?

El retorno de Cristo es la meta de la fe de los cristianos nuevoapostólicos. Sin embargo, el fuego de la expectativa cristiana no se encendió recién en la Edad Moderna. Sobrevolando 2000 años de historia.

En el judaísmo circula una historia: Cuando el rabino Israel ben Eliezer tenía que lograr algo extraordinario, iba al bosque, encendía un fuego y pronunciaba una oración. Cuando su sucesor se tenía que enfrentar a un gran desafío, iba al bosque y se decía a sí mismo: “Ya no puedo encender el fuego, pero todavía conozco esa oración”. Y funcionaba. El rabino de la siguiente generación iba al bosque y se decía a sí mismo: “Ya no puedo encender el fuego, tampoco conozco la oración, pero todavía conozco el lugar donde debía hacerse, eso tiene que ser suficiente”. Y funcionaba. Otra generación más tarde, el rabino se sentaba en el sillón de su estudio y le decía a su peticionario: “Ya no podemos encender un fuego, ya no conocemos las oraciones, no sabemos dónde debía estar el bosque, pero puedo contarle la historia”.

En la variante más piadosa, la historia termina con la posdata: Y como podía contarla tan bien, su historia tenía el mismo efecto que los hechos de sus predecesores.

Palabra clave: retraso de la parusía

En realidad, la esperanza de la llegada del reino de Dios pertenece tan inseparablemente a la fe cristiana como la esperanza mesiánica pertenece al judaísmo. Pero como todo el mundo sabe: Recién la interpretación hace la música. Pablo supo hacer una pieza conmovedora con los sonidos del mundo futuro: “He aquí, os digo un misterio: No todos dormiremos; pero todos seremos transformados, en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta” (1 Corintios 15:51-52). Sin embargo, el conocimiento de dónde y cómo tocar esa pieza escatológica ya se había perdido en su mayor parte en el siglo II.

Con Orígenes († 184) ya quedó establecida una individualización de la esperanza para el futuro. Al retraso de la parusía, es decir, al no cumplimiento del esperado retorno de Cristo, Orígenes respondió con un programa pedagógico: la transfiguración se lleva a cabo en él como el desarrollo del alma que aspira cosas más elevadas transformándolo en una personalidad divina formada universalmente. El interés teológico pasó de la parusía (el retorno de Cristo) a la vida después de la muerte, al más allá y al juicio final. La venida del reino de Dios, que antes era la gran esperanza reconfortante de la comunidad perseguida y necesitada, había perdido su significado. Agustín († 354) finalmente desterró la espera del reino milenario de la dogmática eclesiástica, porque para él el reino de Dios ya había comenzado en la Iglesia.

¿Viene algo más?

La cuestión de lo que viene fue dejada a los místicos y sectarios. La Reforma luterana también puso el énfasis en la escatología individual; Lutero vio el reino de Cristo sobre todo como un reino interior. Únicamente en el cancionero protestante todavía se podía sentir algo de la pasión de la esperanza cristiana original por el futuro: en las peticiones por la llegada del Novio, en la redención de los cristianos, en la llegada de la estrella de la mañana y en el amanecer del nuevo día.

Aunque el hombre en la Edad Media vivía en medio de apocalipsis reales e imaginarios –tan solo pensar en la Guerra de los Treinta Años o en los mundos de las obras del pintor el Bosco (Hieronymus Bosch)– el fuego escatológico ya no estaba dispuesto ni era capaz de encender la Iglesia, solo seguía ardiendo entre los anabaptistas y otros grupos escindidos milenaristas, a veces tan violentamente que uno pensaba que el fin estaba al alcance de su mano y que todos los puentes se rompían detrás de uno.

Escatología en el nicho

En el siglo XIX la escatología se redujo a un “breve capítulo inofensivo al final de la dogmática” (Karl Barth). Solo en las congregaciones pietistas florecieron las expectativas escatológicas del reino de Dios y las visiones apocalípticas del futuro que tenían los primeros cristianos, pero el redescubrimiento de la esperanza bíblica para el futuro no encontró eco más allá de las salas de oración y los grupos que se reunían en las casas. Sin embargo, fueron precisamente los movimientos revivalistas los que pusieron el dedo en la llaga del vacío escatológico y no quisieron aceptar que “la agencia escatológica actual en su mayoría haya cerrado” (Ernst Troeltsch).

Un resurgimiento con preguntas

Una gran apertura a las diferentes direcciones teológicas, así como a los trastornos sociales debidos a la industrialización y al fuerte crecimiento demográfico, promovieron en Inglaterra el fortalecimiento de corrientes religiosas carismáticas, proféticas y, en el sentido más amplio, de orientación escatológica, que despertaron un interés particular en la clase alta británica. A partir de 1826, un banquero, Henry Drummond, nacido en 1786, hizo posible las llamadas Conferencias de Albury en su finca, que se ocuparon de las promesas bíblicas del futuro y se convirtieron en un catalizador del movimiento católico apostólico. Uno de los más importantes protagonistas del movimiento profético, el carismático Edward Irving, escribió en 1827 en su prólogo al libro “The Coming of Messiah in Glory and Majesty” (La venida del Mesías con poder y gran gloria), editado por Manuel de Lacunza y Díaz: “Mi alma está profundamente conmovida por el estado en que actualmente se encuentran todas las Iglesias, que están dormidas, incluso muertas, frente a la venida de nuestro Señor Jesucristo, que se avecina en el horizonte y, creo, es inminente”.

Irving y los demás participantes de la conferencia consideraron que la aparición de dones espirituales como la profecía, la curación de enfermos y el hablar en lenguas eran signos inequívocos del comienzo del cumplimiento de las promesas del fin de los tiempos. Con el llamamiento de los Apóstoles, fue evidente para muchos que se había entrado en una etapa decisiva en la historia de la salvación. Con este mensaje los Apóstoles se dirigieron al público (cristiano), pero se mantuvieron solos en su convicción de que tenían la misión de llevar a la Iglesia a la consumación y prepararla como la novia de Cristo para el retorno del Señor. La Iglesia ignoró la esperanza que se le ofrecía y algunos de los Apóstoles se retiraron de su actividad espiritual y volvieron a su antigua profesión. Cuando murió el primer Apóstol de los tiempos modernos sin sentirse autorizado para nombrar sucesores, el apostolado pareció terminar una segunda vez. ¿Debía haber sido así?

Mantener el fuego

La apertura de la escatología bíblica a la interpretación y la imposibilidad de sistematizar dogmáticamente los enunciados sobre los acontecimientos escatológicos, siguen siendo un problema para la teología en la actualidad. Muchas cuestiones quedaron abiertas en la época de los Apóstoles y profetas católicos apostólicos, pero el fuego siguió ardiendo, se conservó y se transmitió a otras, nuevas generaciones, que lo mantuvieron encendido y lo avivaron una y otra vez, aunque “el Novio aparentemente tarde en venir”.

Al respecto otra anécdota judía: Una vez le preguntaron a un rabino qué salvaría si su casa se incendiara. Su respuesta: el fuego.



Este artículo apareció primero en Spirit, edición 6/2019.

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Redaktion spirit
9.11.2020
confesiones, vida en la comunidad