“¿Realmente recordáis por qué tuve que sufrir?”

El tiempo de pasión. Esto primero suena a dolor y pena. ¡Y la compasión está a la orden del día! Pero también queda claro que los cristianos no deben olvidar por qué tuvo que sufrir su Salvador Jesucristo. ¡Tuvo que sufrir por ellos!

El Hijo de Dios es considerado como un ejemplo de que las personas que sufren tienen un defensor, un abogado, de su lado. Siempre defendió a los pobres, a los tristes, a los enfermos, a los necesitados, y muchas veces los curó: “Y se difundió su fama por toda Siria; y le trajeron a todos los que tenían dolencias, los afligidos por diversas enfermedades y tormentos, los endemoniados, lunáticos y paralíticos; y los sanó" (Mateo 4:24).

Pero el cuadro cambia gradualmente, Jesús mismo se convierte en el que sufre y señala insistentemente a sus discípulos: “Desde entonces comenzó Jesús a declarar a sus discípulos que le era necesario ir a Jerusalén y padecer mucho de los ancianos, de los principales sacerdotes y de los escribas; y ser muerto, y resucitar al tercer día” (Mateo 16:21).

Después del primer domingo de marzo, que tradicionalmente se celebra como Domingo para los difuntos en la Iglesia Nueva Apostólica en todo el mundo, la pasión de Cristo es el centro de las prédicas en los Servicios Divinos nuevoapostólicos. Los días previos al Sábado Santo recuerdan la pasión de Jesús. Plantean al cristiano seriamente cuál es el estado de su relación con Dios. ¿Estás en camino a Emaús o todavía estás en medio de todos los acontecimientos?

“¿No he sufrido por vosotros?”

El siervo de Dios que sufre es el título de la prédica del segundo domingo. La imagen exterior parece patética y chocante: Una persona azotada y herida por Dios lleva “nuestras enfermedades, y sufre nuestros dolores”, dice un antiguo texto de Isaías. El valor que hay detrás es indescriptiblemente precioso: Él, el Hijo del Hombre enviado por Dios, no hizo más que dejarse martirizar por la humanidad para que esta tuviera paz, concluye Isaías. ¡Qué testimonio!

Esto deja claro que los seres humanos vivimos porque Él murió, fuimos curados porque Él sufrió por nosotros. El siervo de Dios que sufre se convierte en el Salvador de los seres humanos. En el mejor de los casos, esto lleva a una profunda gratitud hacia Dios. Se genera confianza, lo que probablemente sea una fuente de gran consuelo, especialmente en circunstancias angustiosas y difíciles: El cristiano que confía sabe que Dios ha prometido dar su reino a una “manada pequeña” (véase Lucas 12:32).

“¿No estoy con vosotros?”

El creyente lo sabe por propia experiencia que el reino de Dios no comienza en un futuro lejano. Así, el festejo de la Santa Cena es la prueba de su presencia. La parte de la prédica del tercer Servicio Divino dominical tratará de este misterio de la fe. Ya se menciona en el Antiguo Testamento, aunque en términos diferentes. Sin embargo, si el lector interpreta los pasajes pertinentes de la vida y el obrar de Jesús, adquieren un significado más profundo: Animaos, cristianos. Recordad los hechos de Jesús. Hizo su sacrificio por vosotros pensando en cada uno individualmente.

Con todo lo que tiene de maravilloso, ¡esto es lo que concreta el festejo de la Santa Cena!

“¡Entonces dejadme entrar también a mí!”

El último domingo de marzo ya es Domingo de Ramos, una gran festividad en el calendario de la Iglesia. Su contexto histórico es el siguiente: De camino a Jerusalén, Jesús anuncia por tercera vez a sus discípulos su pasión. Habla con libertad de que con ella también van vinculados peligros para ellos mismos. Su seguimiento puede ser fatal. Y, sin embargo, todo tiene sentido, como un plan bien pensado cuya aplicación promete el éxito. Así, aunque el sufrimiento de Jesucristo será el tema dominante hasta la Pascua, al final llega la alegría: Cristo, el Salvador del mundo, entra y tiene todo seguro en sus manos. Ninguna crisis, ninguna catástrofe puede impedirle conducir a sus seguidores a su reino.


Foto: Andrei Korzhyts

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Peter Johanning
1.03.2021