La oración es un superpoder que fortalece, sostiene y da esperanza, incluso cuando no se produce un cambio inmediato. A continuación, cinco consejos que muestran cómo los niños pueden experimentar este poder.
Al menos desde el penúltimo lema anual, todos somos conscientes de que orar funciona. Cuando toda una comunidad ora por un hermano o una hermana, es una experiencia maravillosa. Se experimenta el poder de Dios, aunque en ese momento la situación quizá no cambie en absoluto.
A los niños les cuesta imaginar este poder que puede ser desencadenado por la intercesión en las oraciones. En la Biblia hay muchos ejemplos de que Dios puede sanar a los enfermos e incluso resucitar a los muertos. Sin embargo, a pesar de nuestras propias oraciones, la abuela sigue enferma e incluso fallece, o el papá tarda mucho en encontrar un nuevo trabajo. Para no provocar en los niños decepción y tal vez incluso enojo por las oraciones no respondidas, es importante cómo oramos. Pidamos a Dios fuerza y ánimo en el camino, o que la persona por la que intercedemos no se sienta sola y pueda seguir viviendo momentos agradables. El poder de la intercesión es como un superpoder que ayuda a seguir adelante y aporta nueva energía para perseverar.
Por supuesto, en la oración también tiene cabida el deseo de una recuperación completa. Pero dejemos claro a los niños que dejamos exclusivamente en manos de Dios la decisión de si ese deseo puede cumplirse.
La intercesión en la vida cotidiana: 5 consejos
- No demos por sentadas nuestra propia salud y nuestro bienestar, y expresemos nuestro agradecimiento por ello. Cuando los niños ven todo lo que tienen, comprenden mejor por qué otra persona necesita precisamente ese “superpoder” en este momento.
- Antes de orar, preguntémonos por quién queremos interceder especialmente. ¿Quién de nuestro entorno necesita ese “superpoder”?
- Visitemos, junto con los niños, a personas mayores que estén en el hospital o en una residencia. Así puede surgir una relación y, con ella, el deseo de interceder por estas personas también en la oración.
- Compartamos experiencias de fe. ¿Cuándo pude sentir alguna vez este poder? Pensemos sobre todo en las pequeñas experiencias cotidianas, para que los niños no asocien la intercesión únicamente con grandes problemas, sino que también la sitúen en la vida cotidiana.
- Hagamos también en algún momento una oración espontánea, por ejemplo, cuando estemos hablando de alguien que lo está pasando mal. Así, los niños verán que la intercesión es posible en cualquier momento.
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Sobre la autora

Simone Meisterhans es educadora graduada y educadora especializada en pedagogía terapéutica para la primera infancia. Trabaja como pedagoga terapéutica en un jardín de infantes. En el ámbito de la Iglesia, imparte clases en la escuela dominical y en la enseñanza de Confirmación. Además, es miembro del grupo de trabajo “Niños y enseñanza” en Suiza.